miércoles, 30 de mayo de 2012

La fiesta de disfraces

¿Qué tendrá la noche?

No sé por qué, pero me encanta ese intervalo de tiempo que va desde las 12 de la noche hasta que me da por irme a la cama. Me gusta tanto, que cada vez lo voy alargando más y más. Ha llegado un punto en que raro es el día que me marcho a dormir antes de las 3 de la mañana, a veces incluso más tarde, y eso que me levanto a las 8...

Supongo que es mi momento para pensar. Todo el mundo tiene un momento para pensar, ¿no? Aunque también es verdad que hace unas horas se lo he preguntado a Lunar y ella me ha respondido que no lo tiene... En fin, últimamente me da la sensación de qué me va a acabar tomando por loco…

Pero el caso es que yo a esas horas me abstraigo, me escondo en el silencio de la noche, escribo, escucho música a un volumen casi inaudible. A veces me asomo al balcón y observo un buen rato las calles, los edificios, las luces de los coches... Todo está tan en calma a esas horas. Otras veces, en cambio, simplemente me quedo ahí, paralizado y cautivado por el frío de la noche y con la mirada perdida en un cielo negro y escasamente estrellado. Y pienso, siempre pienso...

Y hoy ando pensando en cómo nunca dejamos de sorprendernos a nosotros mismo. En cómo constantemente y sin apenas notarlo no paramos de evolucionar, de transformarnos. En cómo un día de repente descubrimos que hemos experimentado algún cambio inesperado en nuestra personalidad.

Esta noche me he dado cuenta de que desde hace algún tiempo, muy poco, he perdido la capacidad de compartir con casi cualquier persona de mi entorno todos y cada unos de mis pensamientos más íntimos. Ahora mi círculo de confianza se ha vuelto mucho más reducido, son personas que puedo contar con los dedos de una mano, para según qué cosas incluso me sobrarían dedos y, por si esto no fuera suficiente, también hay pequeños detalles o pensamientos que por lo que parece he decidido guardar únicamente para mí mismo.

Y me resulta raro, porque yo antes no era así. Incluso me ha llegado a preocupar el estar encerrándome demasiado en mí mismo. Pero he llegado a la conclusión de que me he vuelto así porque creo haber comprendido que hay cosas de las que es mejor no hablar, porque a veces no merece la pena desnudarse, porque no sabes a quien puedes llegar a asustar y porque, además, siempre me ha gustado jugar y competir en igualdad de condiciones y ellos, el resto,... jamás se desnudan...

Así que creo que no he encontrado otra opción que la de tratar de integrarme en esta enorme fiesta de disfraces que es la vida.

(Suerte que aún me queda el blog para desahogarme...)

lunes, 28 de mayo de 2012

Hielo

Ofensas que se dicen sin palabras. Bofetadas propinadas con miradas... Hielo por dentro, he ahí el problema.

Inútil es ahogar pensamientos, mirar para otro lado y hacer como si nada. Porque desde aquel día, eso, ese
hielo, está ahí irremediablemente, en lo más recóndito de mi memoria. Entre la confusión y el deseado olvido, ese es su sitio.

Era verano, pero hacía frio. Estábamos en una casa oscura, fea y triste. O al menos así es como yo lo recuerdo; aunque quizá no fuera exactamente así, tal vez fuera el lugar más bonito del mundo tal y como afirmaban tus ojos.

Hacía viento, por eso se cerró sola aquella puerta. Yo andaba de un lado al otro de la habitación y tú y yo discutíamos. Estábamos juntos, pero me sentía solo. Y así fue toda la semana. Tú decidiste ser
hielo por fuera. Pero también lo fuiste por dentro, he ahí el verdadero problema.

Hacía tiempo que estas cosas no pasaban por mi cabeza. Pero es que te has empeñado en revivirlo. Y no te has dado cuenta de que abrirás de nuevo la herida, de que esta vez el golpe podría ser mortal.

Hay instantes en los que siento que no me conoces lo más mínimo y que todo esfuerzo por mi parte para que lo hagas resulta complemente inútil.

Si me entendieras de una maldita vez, si aprendieras a pensar en ti y en mí y te olvidarás de todo lo demás, si me creyeras cuando te digo que no hay nada más importante en este mundo que eso.

Si al menos lo intentaras.

Si pudiera derretir ese hielo.

viernes, 25 de mayo de 2012

Haciendo enemigos

Esta mañana he discutido con Carlos Baute.

Así a bote pronto sé que la frase puede sonar a chiste, pero no lo es. Para el que no haya leído esta entrada, aclararé que Carlos Baute es un compañero de trabajo al que llamo así porque la primera vez que le vi me recordó físicamente al cantante; aunque también es verdad que a día de hoy ya no le encuentro el parecido, no sé, igual es porque ahora lleva el pelo más corto.

El caso es que nos hemos discutido y a lo grande. La verdad es que previamente ya habíamos tenido tensos intercambios de opiniones en los que había notado que tarde o temprano chocaríamos. Supongo que él también habría notado lo mismo.

En realidad, teniendo en cuenta mis antecedentes, creo que he tardado demasiado tiempo en crearme un enemigo en el trabajo, lo cierto es que siempre se me ha dado igual de bien tanto hacer amigos como hacer enemigos. Pero es lo que hay. Hay actitudes que no estoy dispuesto a dejar pasar por alto…

En fin, quien me quiera que me compre y el que no… que se conforme con mediocres 'bienquedas'.

martes, 22 de mayo de 2012

Marionetas

Hace unas horas una compañera bloguera (Celia) dejó un comentario en mi anterior entrada en el que me hablaba del destino y de las diferentes maneras de verlo: como algo inamovible o bien como algo que podemos controlar. En ese comentario también me decía que le acababa de dar una idea para una entrada. Es curioso, porque la que me acababa de dar que pensar para una entrada era precisamente ella a mí.

El destino, ayyyy el destino… ¿Están nuestras vidas guiadas por un destino preconcebido del que hagamos lo que hagamos no nos podemos desviar? La verdad es que si hubiera tenido que responder a esta pregunta hace algunos años, seguramente mi respuesta habría sido muy distinta a la que daría hoy. Hace años, no muchos, hubiera defendido a capa y espada la idea de que nosotros somos dueños de nuestro destino, habría dicho que todo, absolutamente todo, depende de nosotros, está en nuestras manos…

Hoy creo que no es exactamente así. Por angustiosa que me pueda parecer la idea, hoy sé que hay cosas que no dependen de nosotros, cosas que no podemos controlar hagamos lo que hagamos. Que se yo,.. unos padres que se separan durante tu niñez, la pérdida de alguno de ellos, un accidente fortuito que te comporta secuelas… Estos son ejemplos muy radicales, lo sé, pero con ellos es fácil hacerse una idea de lo que quiero exactamente expresar.

Y es que creo que son tremendamente numerosos e importantes todos esos aspectos que chocan de lleno contra la idea que defiende la existencia de un infinito e ilimitado libre albedrio por nuestra parte. Empezando, sin ir más lejos, por las propias decisiones que toman las personas de nuestro alrededor y que de un modo u otro nos acaban afectando.

O empezando, cómo no, por el principio de todo… ¿Qué habría sido de mi vida si hubiera nacido, por ejemplo, en china? Pues sería completamente distinta y encima tendría los ojos rasgados. Y no habría conocido a Lunar. Y tendría un blog en chino. O no lo tendría. O quién sabe.

¿Y si anteayer no hubiera llovido? Probablemente no se me habría quitado de la cabeza la idea de salir a correr por la tarde. Y si hubiera ido a correr igual un coche me hubiera atropellado…. Sí, podría haber ocurrido. ¿Quién podría asegurarme a ciencia cierta lo contrario?

Puede que a esto sea lo que llaman destino. A ese cúmulo de casualidades. A ese azar. Tal vez sea todo ello cosa de ese destino. Porque no nos engañemos, no todo alcanza a nuestro control, nuestras posibilidades no son siempre infinitas, a veces hay muy pocos caminos por donde elegir avanzar, incluso a veces hay un algo que casi sin darnos cuenta nos empuja a tomar una dirección concreta.

Se me ocurre una historia que empieza con un chico que conduce hacía casa de su novia. Su coche está con las revisiones al día, los neumáticos en perfecto estado, él no ha bebido, conduce con sus cinco sentidos puestos en la carretera. Nada parece hacer peligrar su llegada al destino al que él pretende llegar. Pero resulta que un desconocido se salta un semáforo en rojo, arrolla su vehículo y le manda al hospital. Allí conoce a una enfermera, y ella resulta ser finalmente la mujer de su vida, su verdadero destino.

¿Casualidades, azar, destino? Son palabras que no acierto a diferenciar del todo y que seguramente sean muy distintas. Y sé que pueden resultar palabras bonitas, románticas, la fuente de cientos de historias apasionantes… Pero no os mentiré, y principalmente no me mentiré a mí mismo. Me gustaba más creer que todo dependía de mí, que era yo quien controlaba todos y cada uno de los aspectos que rodeaban mi propia vida, que yo no tenía nada de marioneta…

Lo confieso: me da miedo.

(Y perdonadme por la interminable entrada y por esta tormenta de ideas una tanto desordenada. La culpa, de esta entrada tan cansina y de que yo me vaya a dormir tan tarde: De Celia... ;P)

domingo, 20 de mayo de 2012

De cena con el destino

Ayer salí a cenar con Lunar y otra pareja de amigos. Dos mesas más a la izquierda estaban cenando un grupo de chicos y chicas de veintipocos años, en total eran unos doce, y tenían organizado un buen escándalo. Las jarras de sangría iban y venía de su mesa, hablaban en voz alta, se reían a carcajadas y no paraban de hacerse fotos continuamente unos a otros.

De tanto en tanto alguno de ellos volvía la cabeza para mirar a su alrededor, no para observar el ambiente del lugar, sino por ver si el resto de comensales les mirábamos. Y lo hacían como con aires de superioridad, como si quisieran ver nuestras caras de asombro o tal vez de envidia al verles como lo pasaban en grande, como si pensaran que sólo ellos podrían ser tan divertidos e interesantes. Qué arrogancia...

La verdad es que no me cayeron nada bien, lo raro es que tampoco me cayeron mal. No sabría cómo explicarlo. En realidad me resultaron muy familiares. Y no fue por los pantalones de colores chillones, ni por el kilo de gomina, ni por sus
iphones y sus blackberrys. Pero me pareció estar viendo la viva estampa de alguna de mis propias cenas de hace ya algunos años con todo mi grupo de amigos, cenas que eran el punto de partida para una noche loca de fiesta.

En cierto modo. se podría decir que yo estuve hace años sentado en esa misma mesa de jóvenes alborotadores. Por lo que ayer noche, mientras cenaba y les escuchaba y observaba de reojo de tanto en tanto (cosa que era imposible no hacer, dado el nivel de alboroto), sentí una peculiar sensación que oscilaba entre la desaprobación y una extraña sonrisilla nostálgica.

El caso es que me dio por pensar que tal vez dentro de unos años será alguno de ellos el que estará sentado en la que ayer era mi mesa, y será él quien observe a lo lejos al grupo de jóvenes exaltados, y puede que en ese momento sienta exactamente lo que sentí yo anoche. Y entonces suspirará mientras piensa en cómo pasa el tiempo, y en cómo a veces no somos conscientes de que quizás compartamos el destino de algunos de los desconocidos que nos rodean…

Quizás el destino de aquel padre que no quería que su hijo de 6 años reprodujera las palabras feas que venían de aquella mesa, o el de esa pareja de cincuentones que tal vez celebraba sus bodas de plata, o el de aquel anciano de la mesa del fondo que venía a cenar solo en busca de un ratito de calma. Anciano que tal vez fuera divorciado, o viudo… O tal vez nuestro destino sea ser la silla vacía, el que ya no está… Quién sabe…

Sí, quién sabe… Quién sabe qué será de todos nosotros.

miércoles, 16 de mayo de 2012

La balanza

Primero nacemos. Luego crecemos. Y con nosotros crecen nuestras pérdidas, nuestras penas, nuestros pesares, nuestro dolor, nuestras equivocaciones, nuestro arrepentimiento. Pero afortunadamente también crecen los aspectos positivos de nuestra vida. O al menos debería ser así, o de lo contario la balanza de nuestra vida se inclinaría peligrosamente hacía su lado más negativo.

Porque en el fondo vivir es acumular experiencias y vivencias que harán que esa balanza imaginaria se equilibre o se desequilibre a un lado u otro, al positivo o bien al negativo... Y, mientras tanto, nosotros tratamos de tomar el mando, mantenemos día tras día una incesante lucha por intentar desequilibrar la balanza hacia el lado positivo. Y ahora lo conseguimos. Y más tarde no podemos. Y luego nos cansamos. Porque pelear cansa. Pero nos levantamos y seguimos. Y seguimos y seguimos…

En cualquier caso, un día nos damos cuenta de que esa balanza a veces es incontrolable, que en ocasiones se escapa incluso a nuestro entendimiento. Y ese día llegamos a la conclusión de que tal vez la clave radique en tratar de ser feliz en cualquier posición de la balanza. En aprender a gestionar, digerir e incluso asumir las malas noticias. En conseguir afrontar los peores momentos de nuestra vida sin llegar a derrumbarnos y siendo capaces de seguir apreciando los aspectos positivos que aún y así nos rodean, por ínfimos que nos puedan parecer en un principio...

Unos lo llaman resignación, otros entereza, o fortaleza. Mi padre lo llama valentía, coraje. Yo creo que, en buena medida, se trata de inteligencia.

lunes, 14 de mayo de 2012

El pacto

Hace ya unos meses que mi hermana se mudó a vivir con su novio (el Pirata) a lo que en su día fue la casa de mis abuelos. El piso estaba vacío desde que hace unos años murió mi abuelo, poco más de un año después de que también muriera mi abuela. Y, como decía, hace ya unos meses que mi hermana vive allí con su pareja. Por lo que supongo que debería decir que ayer estuve en casa de mi hermana (y no en casa de mis abuelos), aunque aún me cueste acostumbrarme al nuevo término.

El caso es que, cuando salía de su casa y me dirigía a donde había aparcado el coche, me dio por mirar fijamente el parque que queda justo al lado del edificio. Aquel en el que había pasado tantas horas cuando yo era un niño. Sobre todo en compañía de mi primo, que tristemente tampoco está ya entre nosotros. Y es que, durante los veranos de mi infancia, coincidiendo con las largas vacaciones escolares y como nuestros padres trabajaban, se podría decir que mi primo, mi hermana y yo prácticamente nos mudábamos a vivir a casa de mis abuelos. Mi primo y yo éramos de la misma edad, así que nos pasábamos el día juntos jugando e ideando trastadas.

Casi por inercia, detuve mi marcha hacia el coche y me acerqué al parque. Había cambiado considerablemente, ya no era un parque de tierra y habían desaparecido por completo su media docena de columpios. Ahora sólo había asfalto y unos sombríos bancos.

Me senté en uno de esos bancos y me quedé observando con la vista perdida. Resulta curioso, pero mis ojos sólo eran capaces de ver el antiguo parque, con su tierra, con sus columpios… y con todos sus recuerdos.

Admito que estuve a punto de derrumbarme y explotar a llorar frente a ese espejismo del parque que tantas veces me había visto jugar. En lugar de eso, sonreí. Se podría decir que casi reí a carcajadas recordando mil y una travesuras junto a mi primo. Y me pareció estar recordando todo aquello con él a mi lado, casi podía oír como él añadía su punto de vista a cada recuerdo, a cada detalle. En cierto modo sentí como si nos estuviéramos despidiendo... Y la verdad es que fue una buena despedida.

En especial recordé aquel mediodía de verano en que un vecino nos pilló haciendo una pintada en el muro y se lo dijo a nuestros abuelos. Mi abuelo se enfadó tanto que aquella tarde sólo bajamos al parque para limpiar la pintada y luego pasamos el resto de la tarde encerrados en habitaciones separadas como castigo. Por la noche, mi abuela nos propuso un pacto durante la cena: si nos portábamos bien durante el resto del verano, no le diría a nuestros padres lo que habíamos hecho, si éramos buenos ellos guardarían el secreto. Y así fue. Y así sigue siendo. Salvo que, ahora, solo quedo yo como guardián de este secreto. El resto: mis abuelos y mi primo, se han ido. Ya no están…

Sé que a estas alturas bien podría compartir esta anécdota con cualquiera, incluso con mis padres. Ya nadie me echaría la bronca ni me castigaría por aquella chiquillada. Pero supongo que queda mucho más elegante seguir guardando el secreto... Al fin y al cabo, un pacto es un pacto.

jueves, 10 de mayo de 2012

Mi pedacito de ti

La vida es cruel, de tanto en tanto se encarga de recordarnos lo tristemente frágiles que son nuestras vidas. Un día estas visitando un local para abrir tu propio negocio, lleno de ilusión, con ganas de comerte el mundo, con miles de proyectos en tu cabeza,… y tres días más tarde se celebra tu propio funeral.

Mi primo era una persona tan singular y a la vez normal como lo podríamos ser cualquiera de nosotros. No era ni el más bondadoso, ni el más generoso, ni la mejor persona que haya pisado la faz de la tierra. Me resulta absurda esa manía de ensalzar a alguien por el hecho de que ya no esté entre nosotros. Yo sé quien era mi primo. Conocía sus defectos, sus virtudes y le aceptaba y quería con todo ello. Además sé que él lo sabía y con eso me basta.

Una conversación de whatsapp abierta.
Un apalabrados en marcha.
Un cine con nuestras respectivas parejas pendiente casi desde febrero.
Una salida en mountain bike para cualquier domingo de estos.
La asistencia de rigor de esta temporada a algún partido en el Camp Nou anulada una vez tras otra.
Demasiadas cosas pendientes, a medias...
Y para colmo una sola mención a él en este blog, aunque habría merecido muchas más.

Pero afortunadamente guardo en mi memoria centenares de vivencias junto a él, sobretodo de nuestra infancia. Infancia en la que nuestras vidas estuvieron mucho más estrechamente unidas de lo que lo fueron estando, por circunstancias de la vida, conforme pasaron paulatinamente los años...

Sin duda él fue mi primer mejor amigo, y aunque la vida nos hizo avanzar por caminos distintos, puedo afirmar con orgullo que nunca dejamos de ser amigos a parte de primos.

Dicen que la vida de una persona es la suma de recuerdos que deja entre los suyos. Así que yo tengo un buen pedacito de la suya. Y siempre lo guardaré con cariño.


(Esta canción también se la dedico a él. Fue uno de los últimos vídeos que compartió en su facebook. Tampoco es de mi estilo, pero supongo que forma parte de esos pedacitos, de mi pedacito de él...)

martes, 8 de mayo de 2012

Se fue

Hoy se me agolpan miles de sentimientos en la cabeza. En el corazón. En los ojos. En la boca. En el estómago. Como si fueran una enorme pelota. Y no me dejan dormir. No me dejan vivir.

Quizás otro día tenga fuerzas para contarlo más a fondo, pero ahora mismo soy incapaz...

Esta tarde he estado en el tanatorio y he visto llorar a muchos de mis familiares. El resto lo hemos hecho para dentro… Cuando lloras para dentro las lágrimas te inundan poco a poco los pulmones haciendo que te cueste horrores respirar. Y esas mismas lágrimas acaban por empaparte el corazón, por lo que éste bombea a tu cuerpo una sangre completamente helada. Y es por ello que sientes frio. Mucho frio… Casi tiritas.

Nunca me había dado cuenta de que cuando lloramos para dentro nuestros ojos brillan del mismo modo que cuando lloramos a lágrima viva. Y mira que era evidente, pues al fin y al cabo, en ambos casos, nuestra alma está llorando.

Primo, precisamente fuiste tú quien me diste a conocer esta canción hace ya algunos años. Hoy te la dedico porque sé que te gustaba y porque, aunque a mi siga sin gustarme, aunque siempre me haya parecido una canción demasiado triste, aunque al oír ahora mismo sus primeros acordes se me caiga el alma al suelo,… hoy daría lo que fuera por poder volver a escucharla contigo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El mal amigo

Festivo me llama para decirme que ha vuelto con ella, que han hablado y que ambos se han dado cuenta de que se echaban de menos. Yo le pregunto que quién ha dado el primer paso y él insiste en que ha sido cosa de los dos. No me lo creo, pero como es natural me callo. Él me habla del amor inmenso que de nuevo les une y de los proyectos en común que han ideado esta misma tarde. Yo asiento a todo lo que dice, pero no dejo de pensar en las barbaridades que me ha ido diciendo de ella estas últimas semanas.

Ahora me dice que está casi seguro de que ella es la mujer de su vida y otras frases emocionadas que diría todo enamorado a su fiel confesor. Me alegro, le respondo, pero no puedo evitar repasar mentalmente de cuantas otras chicas me ha dicho lo mismo. Soy el peor amigo del mundo, pienso, cómo puedo no creer ciegamente en mi amigo... Pero enseguida me justifico; es que la lista de chicas es interminable, me digo. Mientras tanto, él me cuenta lo contento que está y me confiesa que está superfeliz, momento en el que ya no puedo seguir callándome y le suelto un 'ten cuidado'.

Una vez destapada la lata, le digo que se lo tome con más calma, que recuerde lo mal que lo ha pasado estos últimos días. Lo cual, no suena nada esperanzador, lo sé; pero mi intención tampoco es la de desalentarle. Él me pide que no diga nada más, que sólo le escuche. Me explica que está muy ilusionado y que cree que esta vez puede funcionar, que será diferente y que esperaba que yo le entendiera, que le apoyara.

Le intento aclarar el hecho de que le entiendo, incluso que le apoyo; pero por otra parte quiero hacerle ver que es mejor que tome un poco de perspectiva sobre el asunto antes de emocionarse tanto. Hay un breve silencio al otro lado de la línea telefónica, para luego decirme ‘no está bien, lo que me dices no está nada bien’. Y lo dice con severidad, con decepción, como si hubiera encontrado el tono exacto con el que hacerme sentir como un auténtico monstruo.

Inmediatamente después, cuelga. Y yo me quedo con mal cuerpo, y mucho más al pensar que he enturbiado toda esa ilusión con la que me llamaba Festivo. Mi amigo. Sin embargo, decido no devolverle la llamada hasta mañana… Sí, creo que será lo mejor.