miércoles, 28 de marzo de 2012

Rarezas, manías y convivencia 2: La rajada final

Si yo os decía en mi última entrada que Lunar está enganchada a la televisión y que es un poco maniática del orden, estoy seguro de que ella os diría que yo soy adicto a internet y un tanto desordenado…

Lo primero porque me acuesto cada día sobre las dos de la mañana, según sus propias palabras,
'haciendo el idiota con el portátil'. Y lo segundo por pequeños detalles como el de dejar botellas de agua, vasos y latas vacías casi por cualquier rincón de casa...

Y es que he de confesar que, no sé muy bien porqué, desde siempre he necesitado beber más líquido de lo que se podría considerar normal. Lo cual me hace dormir con una botella de agua en el suelo junto a la mesilla de noche, tener casi siempre un vaso de agua a medias sobre el mármol de la cocina o tener una lata de
trina, aquarius o red bull cerca de mí mientras estoy en casa. Y bueno, reconozco que a veces se me olvida recoger…

Pero no os hagáis ilusiones, no voy a seguir destapando aquí más adicciones, manías y defectos míos. No creé este blog para
autodenigrarme... Es más, volveré a rajar de Lunar. Así, a la espalda y sin que pueda defenderse, que es como mola criticar a alguien… Lo sé, soy un miserable; pero que esperabais de un mono…

A lo que iba, había algo que llevaba realmente mal de ella en los primeros días de convivencia. La alarma de su móvil sonaba cinco veces cada mañana. Sí, cinco… Ella se levanta a las 7 y media, pero tenía la manía de poner la alarma a las 7 en punto y sonaba y la paraba cada cinco minutos antes de levantarse a y media. Decía que lo hacía para ir haciéndose a la idea de que se tiene que levantar. Pero yo desde la primera alarma que me desvelaba, y yo no me levanto hasta las 8…

Pero bueno en este aspecto hemos llegado a un acuerdo, ahora su alarma suena a y veinte y a y media: sólo dos veces, todo un logro…

Bueno, bueno, me estoy animando conforme escribo. Va, la última rajada: está mal que yo lo diga (aún así lo voy a hacer), pero el hecho de que
Lunar no haya vivido nunca sola ni en pareja hasta ahora hace que no se desenvuelva del todo bien a la hora de realizar las compras cotidianas, así que soy yo quien debe poner de tanto en tanto la cordura en nuestras compras. Así que a veces nos encontramos llenando el carro cada uno a su aire: y mientras Lunar va cogiendo un ambientador de fresa, galletitas integrales y preparado de crepes; yo aporto los rollos de servilletas, el lavavajillas y el aceite.

Pero vamos, que poco a poco nos vamos amoldando…

lunes, 26 de marzo de 2012

Rarezas, manías y convivencia

Hoy, como sucede casi cada noche desde que nos fuimos a vivir juntos, Lunar se ha ido pronto a la cama. Sin contar cuando no tiene que trabajar al día siguiente, raro es que Lunar se acueste pasada la medianoche. Sólo hay una excepción: los jueves. ¿Y qué pasa los jueves? Pues que dan Gran Hermano… Sí, lamentablemente mi chica es adicta a este reality y se podría decir que a la televisión en general...

Me sorprende su hábito de estar en casa siempre con la televisión encendida. Y lo más curioso es que la mayoría del tiempo ni tan siquiera la mira ni está pendiente de ella. Simplemente está por casa, en la habitación, cocinando, o con el portátil; pero siempre con la tele puesta de fondo. Es entrar en casa y, como por inercia, la enciende sin apenas importarle ni que canal pone. Para acto seguido meterse en la habitación y ponerse rápidamente el pijama...

Y he aquí otra de las singularidades de Lunar: es incapaz de estar en casa con ropa de calle (como ella dice). Es más, me trata como un bicho raro por no ponerme un pijama y unos enormes calcetines para estar por casa como hace ella. A veces, incluso, se pone su batín. A mí sólo de verla me entra urticaria...

Puede que, de hecho, esta sea una de mis rarezas: hace años que no uso pijama. Tengo varios que me han ido regalando, pero no veo ocasión de estrenarlos. Hasta la hora de acostarme suelo ir con la ropa que he llevado ese día. Y cuando me voy a la cama, lo hago en calzoncillos. Vamos, que a los pijamas no les veo utilidad. Además, si me fuera a la cama en pijama creo que podría llegar a morir deshidratado, porque con lo friolera que es mi compañera de sábanas, me veo obligado a dormir enterrado bajo un enorme edredón...

Esta diferencia de temperatura corporal hace que seamos totalmente incompatibles para irnos juntos a la ducha. Lunar se ducha con agua prácticamente hirviendo, la verdad es que no entiendo como su cuerpo es capaz de soportar ciertas temperaturas. Cuando acaba de ducharse, no exagero si os digo que sale con la piel y en concreto con los mofletes y los cachetes del culo rojos. Además, deja tras de sí un lavabo con espejos y baldosas completamente empañadas. Eso sí, totalmente ordenado...

Porque otro vicio de Lunar es el orden. Le saca de quicio, por ejemplo, que me deje olvidados el bote de la gomina y la pasta de dientes en la pica, o detalles como que no cierre la puerta del microondas después de usarlo. A mí, en cambio, me parece más molesto encontrarme un kleenex usado bajo la almohada...

(Y ya si eso sigo otro día, que este tema da para más de una entrada...)

jueves, 22 de marzo de 2012

Olor de hogar

Creo que por fin tengo la sensación de estar en mi propia casa. En estas primeras semanas viviendo con Lunar he estado algo desorientado, tanto que casi cada mañana al despertarme no sabía ni donde estaba. Además, me costaba dormir (aunque también es verdad que esto no es nada raro en mí), me despertaba por las noches y constantemente olvidaba donde tenía o había guardado mis cosas. También he estado algo inestable, voluble y en ocasiones despistado y hasta confuso. Supongo que en parte debido al otro gran cambio en mi vida: el nuevo trabajo. Pero había algo más, notaba como si nuestra nueva casa oliera raro. Un olor desconocido.

Os lo explico…

¿Sabéis esa sensación cada vez que vas a casa de un amigo, o un familiar, y siempre notas el mismo olor que la identifica? Y que quede claro que no me refiero a olores desagradables, aunque todos conocemos a gente con dudosa fama en cuanto a higiene se refiere… Me refiero a un olor casi imperceptible que define a todo hogar que se precie. Da igual que se acabe de cocinar vete a saber que comida o que hayan inundado la estancia con ambientador. Muy en el fondo hay incrustada una esencia que la hace única, esa que cuando vuelves a tu casa queda incluso impregnada en tu propia ropa si la hueles a conciencia. Una fragancia capaz de ser detectada por casi todos, excepto por sus moradores.

Y aquí quería yo llegar. Hasta hoy nuestro nuevo hogar me olía a la casa de cualquier otro. No sé de quién… Pero esta noche, al llegar a casa del trabajo he respirado hondo y no he notado nada extraño. No he captado ni un ápice de ese olor desconocido que parecía acompañarla hasta entonces. En cambio, he notado una sensación reconfortante. He entrado, he dejado las llaves en su sitio, el móvil y la cartera sobre la mesa del comedor y, justo al entrar en el pasillo, Lunar salía del lavabo. Iba con su pijama rosa y nos hemos besado. Yo he seguido, le he besado el cuello y he respirado bien hondo. Para olerla. Y olía genial, olía a ella… Me han entrado ganas de comérmela… Y lo he hecho.

Ahora sí. Hogar, dulce hogar.

martes, 20 de marzo de 2012

Adaptación

Se siguen produciendo los cambios, los descubrimientos y las nuevas experiencias.
Se van sucediendo las reuniones y los intercambios de información con compañeros y con mi nuevo jefe.
Voy acostumbrándome a mi nueva rutina, a hábitos, costumbres, procedimientos, métodos y a según qué conductas.
He descubierto el café más asqueroso del mundo, se me ha pegado la expresión ‘pero qué me estás contando’ y me he dejado seducir por unas cuantas personas con las que día a día me siento más a gusto.

La verdad es que estoy aprendiendo muchas cosas en estos primeros días en mi nuevo trabajo, pero quizás la más importante haya sido darme cuenta de que los años en mi anterior empleo no fueron en vano.

En resumen, los primeros días están siendo muy intensos, entre intentar asimilar tanta información, batallar con nuevas obligaciones y confraternizar con compañeros que hasta hace bien poco eran completos desconocidos.

Y, cómo no, también ha habido momentos en los que me he sentido descolocado y hasta sobrepasado por tanta novedad, he tenido tiempo para sorprenderme con asombrosas casualidades y para las reflexiones típicas de quien va amoldándose a su nuevo espacio.

Pero hoy ya no quiero pensar más. Ni escribir. No doy para más. Mi cerebro está cansado de almacenar, ordenar y analizar vivencias, datos e ideas. Me temo que aún necesitaré algún tiempo y mucha paciencia para procesarlo y digerirlo todo…

Estoy en ello, pero ahora toca dormir.

martes, 13 de marzo de 2012

Primeras impresiones

Hoy ha sido mi primer día en mi nuevo trabajo. Todo era nuevo. Gente nueva. Mesa nueva. Tareas nuevas. Me he pasado media mañana estrechando manos y repartiendo besos. Y el resto del día lo he dedicado a darme cuenta de que mi querido antecesor en el puesto me ha dejado una buena herencia de trabajo... En cuanto a los compañeros, la gran mayoría rondan mi edad, y eso me gusta.

A la hora de plegar ha sucedido algo que no para de rondarme la cabeza. Un detalle tonto de los míos que me ha dado por analizar. Mientras recogía mis cosas, una compañera que ya se marchaba ha pasado junto a mi mesa. La chica me ha sonreído y me ha preguntado que qué tal el primer día. Y yo, con la verborrea que me caracteriza cuando estoy algo nervioso, he empezado a hablar y a hablar y no sé cómo pero le he contado hasta que me acababa de mudar a vivir con mi novia. Total, que cuando me he dado cuenta ya le había soltado un monólogo de los míos y ella estaba ahí cariacontecida escuchando y, claro, supongo que deseando plegar y perderme de vista.

Ahora sólo espero que no haya pensado que soy un tipo raro, o que soy una de esas personas que hablan y no dejan hablar al resto, o al menos me conformo con que no haya creído que soy retrasado mental o algo parecido. Lo cual no se aleja demasiado de la realidad…

En fin, que llevo un rato pensando en este detalle y en cómo a veces perdemos la oportunidad de dar una buena primera impresión.

Y para colmo Lunar va y me dice que yo soy así, que si no fuera así sería otro. Pero vamos a ver,... ¿que coño significa esto? La verdad es que la propia Lunar no ha sabido o no ha querido aclarármelo, debe ser por eso que se ha ido hoy tan pronto a la cama, creo que la muy jodida me está esquivando…

Pues bueno, esto es un ápice de lo que ha dado de sí mi primer día de trabajo. Y mañana más... Así que me despido ya y me voy a la cama deseando, hoy más que nunca, aquello de que mañana amanezca un nuevo día… Un sábado, si pudiera ser...

viernes, 9 de marzo de 2012

Necesito sentirme realizado...

Todos conocemos aquello de que para sentirnos realizados deberíamos, a lo largo de nuestra vida, escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol.

Bien, pues yo quisiera empezar a ponerme al día lo antes posible…

¿Un blog cuenta para lo del libro? La verdad es que, en los tiempos que estamos, debería hacerlo. Y lo del hijo aún no me he planteado cuando, pero tarde o temprano querría tener mínimo dos, ya tengo a Lunar amenazada con ello… Pero lo que realmente me preocupa estos últimos días es lo de plantar un árbol. En concreto hablo de plantar un pino… Y es que llevo más de cuatro días sin plantar uno. Y, oiga, que tengo un dolor de estómago que pa qué...

¿Será que he cogido alguna extraña enfermedad? ¿Será de los nervios por tanto cambio? ¿Será que mi subconsciente se niega a desligarse del pasado y me lo demuestra impidiendo que me deshaga de mis propias heces? ¿O será Lunar que, ante mi amenaza de que quiero tener varios hijos, me está envenenando para que conozca el dolor de un parto?

En fin, y a todo esto el lunes empiezo en mi nuevo trabajo. Espero no haber explotado para entonces…

martes, 6 de marzo de 2012

De la mudanza al posible fin del blog

Lunar y yo hemos pasado estos últimos días pintando, amueblando y mudándonos a nuestro nuevo piso. Así que hemos estado muy liados gastando dinero comprando mil y una cosas, eligiendo entre una amplia gama de colores para pintar nuestras paredes, montando muebles y pidiendo comida a domicilio... Y, bueno en realidad aún queda mucho por hacer; pero digamos que la parte más dura y fundamental ya esta terminada.

Ha sido un placer poder contar con el inestimable apoyo de mano de obra barata: nuestros amigos, amigas y algunos familiares que han arrimado el hombro, unos más que otros, en la medida que sus rutinas se lo han permitido. Y todo esto únicamente a cambio de una rancia porción de pizza y alguna que otra lata de cerveza. Si es que hay gente fácilmente sobornable…

Pero no nos engañemos, lógicamente, la parte más dura de la mudanza nos la hemos comido entre
Lunar y yo a solas: pintar hasta medianoche, levantarnos el domingo a las nueve de la mañana o pelearnos con los transportistas de Ikea, entre otras cosas.

Durante esos primeros momentos de soledad en nuestra nueva vivienda
Lunar y yo hablábamos muy poco, concentrados y atareados en lo mucho que faltaba por hacer. Pero pronto empezaron a llegar las primeras discusiones, las típicas: que si no tienes ni idea de pintar, que si me ha salido una yaga en la mano porque tus destornilladores son una mierda, que si no me sobes el culo, ya sabéis, las típicas peleas…

A medida que pasaban los días y al ver que nuestra nueva casa ya iba cogiendo forma, nos fuimos relajando y empezamos a tomarnos las cosas con más calma, y de nuevo volvimos a hablar lo justo y necesario. Y no deja de ser curioso, puesto que
Lunar y yo somos charlatanes por naturaleza... Supongo que fue nuestra forma de reaccionar ante el cansancio.

La primera noche que dormimos en nuestro nuevo hogar, en nuestra nueva cama,
Lunar parecía estar extenuada. Abatida. Ella no me dijo nada, pero yo supe que necesitaba un abrazo. Así que se lo di junto con un beso. Yo hubiera querido acunarla entre mis brazos hasta ver como se dormía. Pero pensé que a Lunar le parecería excesivo. A ella no le gusta dar una imagen de mujer frágil.

En ese momento caí en la cuenta de que cuánto más cerca estamos los dos, menos tenemos que hablar para entendernos. Como si de repente nos hubiéramos convertido en un matrimonio que se conoce a la perfección. Y me asusté, porque me dio la impresión de estar completamente al desnudo ante ella.

Entonces pensé en este mi blog y me alivió la idea de seguir teniendo un espacio exclusivamente mío. Pero el alivio fue momentáneo, pues de inmediato entendí que mi manera de concebir el blog de repente se había vuelto insostenible...

Y, pensándolo, creo que está claro que tengo dos opciones: mostrárselo a
Lunar y desnudarme del todo o bien abandonarlo. O tal vez, como mucho, actualizar y seguir vuestros blogs muy de tanto en tanto, cuando ella no esté (como ahora), desde el trabajo, desde el móvil, no sé…

En fin, admito que todo esto puede parecer una auténtica chorrada, pero el caso es que hay entradas que no tengo del todo claro si me gustaría que ella leyera y otras tantas que no estoy seguro si ella querría leer... Me vienen a la cabeza entradas de nuestros inicios, sobre mi ex, de mis dudas y más dudas, algunos cabreos, alguna que otra intimidad aireda… Y, la verdad es que no me gustaría tener que borrar cosas del blog; pero tampoco me atrae, ni mucho menos, la idea de desaparecer de la blogsfera.

Me temo que, como siempre, el tiempo dirá en que queda todo esto…

Buenos días a todos, y por primera vez, desde mi nuevo hogar.

viernes, 2 de marzo de 2012

El soldadito de plomo

El próximo lunes día 12 empiezo en mi nuevo trabajo. Y, como en mi actual empleo me debían unos días de fiesta, aprovecharé para tomarme la semana que viene enterita de vacaciones. Aunque bueno, teniendo en cuenta que Lunar y yo estamos en plena mudanza y acondicionamiento de nuestro nuevo pisito, me temo que no voy a tener mucho tiempo para descansar ni mucho menos para aburrirme…

Pero el caso es que hoy ha sido mi último día de trabajo en el que ha sido mi empleo durante más de cuatro años. Ha sido un día de todo menos tranquilo. Un día raro y a ratos incómodo, pero aún así esperado y largamente deseado. Un día de despedidas. Aunque de algunos no he querido ni despedirme, lo siento, pero no soy un hipócrita… A otros los echaré de menos.

Han sido más de cuatro años de trabajo y creo que en el primer año ya aprendí casi todo lo que podía aprender en él. En los tres años y pico restantes, tan sólo he aprendido una cosa: a callarme. He descubierto que la sinceridad a veces no trae consigo ningún beneficio. Que la verdad a veces no es otra cosa que una valiosa arma. Si la sabes ocultar hasta el momento oportuno, podrás utilizarla a tu favor. Pero si la revelas a destiempo, te desarmarás a ti mismo… Todos deberíamos aprender esto lo antes posible.

En definitiva, hoy ha sido un día de sentimientos contradictorios. Un día de circunstancias y si me apuras hasta de nostalgia. Pero un día feliz. Un día que ya tiene las horas contadas y que me acerca a nuevos horizontes…

Ahora mismo me siento como si me hubiera desecho de un solo plumazo de doscientos mil problemas. Sé que posiblemente pronto llegaran otros nuevos, pero hay que ver lo bien que sienta poner el marcador a cero. Hacer borrón y cuenta nueva. Ver al sol esconderse lentamente tras un inmenso mar en calma y poder asistir a ese bello atardecer sin soportar sobre los hombros una mochila llena de pesadas piedras. Poder sentarse plácidamente a esperar sin lastres el siguiente amanecer... Expectante, ilusionado e incluso un tanto inquieto...

Hay días que uno se siente como un soldadito de plomo surcando los océanos en su barquito de papel. Así de frágil; así de valiente. Libre.