viernes, 30 de diciembre de 2011

La Nochevieja y sus tradiciones

Otro año más mi grupo de amigos, apoyados por Lunar, me han vuelto a liar. La Nochevieja la celebraremos en mi casa, y ya será la cuarta…

Y no es que mis amigos sean unos aprovechados de los que les das la mano y te cogen el brazo entero, y se quieran escaquear de todos los preparativos y posteriores labores de limpieza que llevan consigo tales eventos. Para nada, de hecho, normalmente mi casa se va invadiendo paulatinamente por todos ellos desde primera hora de la tarde del día 31, cargados de todo tipo de delicatesen navideñas dispuestas a ser cocinadas por uno o por otro.

Y no os voy a engañar, nunca soy yo quien las cocina... Pues aunque viviendo solo me veo obligado a hacer mis pinitos en la cocina, eso no quiere decir que se me dé del todo bien. Oye, todos los genios tenemos nuestras lagunas... Y mira que me he propuesto infinidad de veces aprender a cocinar algo más complejo que mi famoso risotto, pero me temo que va para largo mientras Casa Tarradellas no quiebre…

Además, antes de irnos a continuar la fiesta a otra parte, entre todos solemos adecentar mínimamente mi pisito, incluso aquellos que ya a esas alturas rozan (rozamos) el coma etílico…

Entonces, os preguntareis por qué se empeñan en celebrar la Nochevieja en mi casa un año tras otro. Pues me temo que por el mismo motivo por el que ese día nos comemos las doce uvas y llevamos ropa interior de color rojo: por una incomprensible tradición que nadie sabe muy bien cómo comenzó, pero que todos seguimos cual fiel ovejita a su inseparable pastorcillo...

Aprovecho para desearos feliz salida y mejor entrada de año a todos. O como se suele decir en estos casos... ¡Próspero año nuevo!

lunes, 26 de diciembre de 2011

Otra vez los villancicos...

No sé a vosotros, pero a mí me encanta competir. Así que aunque estemos en días de amor, paz, comprensión y felicidad, abro una competición barriobajera extensible a todos los compañeros blogueros a los que os apetezca entrar al trapo…

¿Cuántas veces os habéis emborrachado ya en lo que llevamos de navidades?

Yo ya llevo tres consecutivas, y con sus correspondientes resacas… Y aún está por llegar el fin de semana de año nuevo, el día de reyes… Vamos, que al final me veo incluyendo ‘apuntarme a alcohólicos anónimos’ a mi lista de buenos propósitos de año nuevo.

Lo sé, no soy más que un mísero borracho, pero la culpa no es sólo mía… Culpad también a los villancicos y a su ruin apología…

viernes, 23 de diciembre de 2011

Villancicos y otras incoherencias

¿Cómo superar las Navidades con sus numerosas comilonas en familia, con sus interminables jornadas consumistas en busca de todo tipo de regalos, con sus centros comerciales sobrecargados de luces y abarrotados de gente y con sus consiguientes derroches monetarios, y no morir en el intento?

Pues con la mejor de las sonrisas y con alguna que otra botella de champán… Y sabiendo que si el ‘yo me remendaba yo me remendé, yo me hice un remiendo yo me lo quité’ no tiene ningún sentido,... ¿por qué lo iba a tener el resto?

Aún y así… ¡Felices fiestas a todos! Que al fin y al cabo es lo que son: fiestas. Así que a disfrutarlas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Juguetes para niñas

El otro día fui con Lunar a comprar un regalo para la hija de su prima. Así que nos plantamos el tercer sábado de diciembre a eso de las siete de la tarde en pleno Toysrus... Por alguna extraña razón que desconozco, el establecimiento estaba a rebosar de gente. Estaba tan lleno que se antojaba imposible dar un solo paso por sus pasillos. Por suerte, Lunar y yo tenemos recursos para todo y pronto conseguimos desarrollar un táctica para movernos. La estrategia se basaba en dejar que el resto de transeúntes allí presentes dirigiesen a su antojo nuestros pasos al chocar con nosotros...

De este modo llegamos a una sección propiedad, al parecer, de una tal Dora la Exploradora, puesto que todos los objetos y juegos que allí se exponían estaban etiquetados con su nombre: la aspiradora de Dora, la cocina de Dora...

Nueve o diez empujones más tarde, llegamos a otra sección con sello propio: Monster High. Me impactaron sus vistosos embalajes que a primera vista me parecieron bastante novedosos, pero que al examinarlos con más detenimiento advertí que se trataban de ataúdes... Desde el interior de esos ataúdes nos miraban con seguridad infinita la recreación hecha muñecas de un grupo de colegialas paliduchas y estilizadas, pero con unos looks de lo más fashions. Junto a ellas, se podían leer leyendas del tipo ‘Apedazada con mucho estilo’, ‘La clase y el estilo no mueren nunca’.

Por lo visto, aparte de colegialas, debían tratarse de muertos vivientes o cadáveres, no estoy muy seguro… Pero lo que realmente importaba es que esas muñecas jamás defraudarían a nadie en lo que a estilo se refiere. Esto, sumado a las enseñanzas que prometía a nuestras menores la tal Dora la Exploradora no pudo hacer otra cosa que dar un vuelco a mi mundo. Lágrimas de emoción brotaron de mis ojos ante la buena nueva. Nuestros más arraigados valores aún no se habían perdido. Volví a recuperar la fe.

Pero, incomprensiblemente, Lunar se empeñó en comprar para la hija de su prima un estúpido juego educativo aun a riesgo de corromper una mente dulce y angelical ideada para pintar uñas y pelar ajos.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Entrevistas

En una entrevista de trabajo siempre te hacen alguna que otra pregunta absurda. Y a mí las preguntas absurdas siempre me han gustado, puesto que me permiten dar respuestas aún más absurdas y descolocar al personal.

El caso es que yo estaba acostumbrado a responder preguntas absurdas del tipo: ‘Dime una razón por la que no deberíamos contratarte’, ‘¿En qué ocasiones crees que es necesario mentir?’ o ‘¿Qué harías para solucionar un problema entre dos compañeros?'.

Pero esta tarde al que han descolocado por completo ha sido a mí. Y, además, creo que no he sabido sobreponerme durante el resto de la entrevista. Por lo que me temo que, por el momento, seguiré sin poder cambiar de trabajo. Y mira que el puesto pintaba bien...

Pero aún no entiendo adónde pretendía llegar la responsable de RRHH de una importante multinacional formulándome el siguiente enunciado: ‘Te regalo una pecera o un silbato, ¿qué eliges y por qué?’.

Seguro que esta pregunta tenía algún sentido para poder acceder a la vacante del departamento de calidad, aunque a mí se me escape...

martes, 13 de diciembre de 2011

Treinta

Siempre me había parecido que quedaban muy lejos, pero ya están aquí. Sin saber muy bien cómo, me he plantado de lleno en los treinta. Sí, señores y señoras, niños y niñas, hoy he cumplido treinta años.

Treinta ya, me parece mentira, de la noche a la mañana me he convertido en un adorable anciano. De hecho puede que sin el adorable. Tal vez sea uno cascarrabias, que me pega más. O simplemente un viejo verde…

Y sí, ya sé que algunos me diréis que treinta no es nada, que aún soy muy joven, que la mejor etapa de mi vida está aún por llegar, que la edad es la que se siente en el corazón y no la que pone en el DNI… Blablablá, soy un viejo y punto. Pronto empezaré a subirme los pantalones más de la cuenta y a decir estupideces tales como que mi generación es ‘la última generación cuerda’. Si ya casi puedo notar la artritis entorpeciendo mis elegantes andares…

En fin, no me quiero poner melancólico, pero este cumpleaños me ha recordado a otros cuantos cumpleaños de esos que recuerdo como ‘especiales’:

Cuando cumplí catorce, por ejemplo. La EGB quedaba ya muy lejos; aunque apenas llevaba unos meses en el instituto. Sentía que dejaba de ser un niño, o eso creía, y afrontaba la vida con un descaro ahora envidiable.

O cuando cumplí los dieciocho, la mayoría de edad, quién no recuerda ese cumpleaños... Ya me veía como todo un hombre y creía que todo lo que me propusiera sería factible. Parecía imposible equivocarse y, si lo hacía, qué más daba, tenía todo el tiempo del mundo para volver a intentarlo. Tenía una total seguridad en mi mismo y en mis posibilidades. Sin fisuras.

O los veinticinco, la vida al límite, sólo existíamos yo y mis ideas, casi todas descabelladas. El resto del mundo daba igual. Bien podrían quedarme cuatro años de vida que ya serían suficientes, nada parecía ni bueno ni malo, simplemente todo me resbalaba. Nada parecía ser importante, y si lo era, ya me dedicaría a pensarlo mañana. O pasado…

Y ahora los treinta… ¿Qué como recordaré este cumpleaños en el futuro? Pues eso no lo sabré hasta dentro de unos años. Entonces sabré si hoy me equivocaba, si de verdad había logrado madurar aunque sólo fuera un poco, si había aprendido a no tropezar siempre con las mismas piedras.

Porque al fin y al cabo cumplir años se trata precisamente de eso. De darte cuenta de tus errores del pasado y prometerte a ti mismo que no los volverás a cometer. Prometerte que a partir de ese día enderezarás tu vida, te portarás bien, tomarás las decisiones acertadas.

En eso se parece un poco al día de año nuevo. Empiezas el día pensando en todo lo que vas a hacer a partir de entonces y lo acabas no sin cierta dosis de melancolía recordando aquellas cosas que dijiste que harías, pero que siguen ahí cogiendo polvo en el cajón de los propósitos, entre tus aspiraciones y tus sueños, amontonados unos sobre otros como lo harían un ridículo montón de calcetines viejos.

Treinta… Sí, seguramente no sean demasiados; pero a mí, ahora mismo, me parece tarde para casi todo.

(¡Jo! Y yo que empecé esta entrada pretendiendo escribir algo alegre...)

domingo, 11 de diciembre de 2011

Decisiones

Ayer vi una película que me sorprendió gratamente: Las vidas posibles de Mr. Nobody. Supongo que en gran medida debido a que no esperaba gran cosa de ella. Las expectativas y sus inestimables consecuencias… Pero mi entrada de hoy no pretende ahondar en el tema de las expectativas. Otro día tal vez...

‘No podemos volver atrás, por eso cuesta elegir. Hay que tomar la decisión correcta. Mientras no elijas, todo sigue siendo posible.’

Esta sólo es una del cúmulo de frases ingeniosas que escuché en dicha película y que me descolocaron por completo.

Sí, lo reconozco, esta frase en concreto me enamoró en un primer momento. Nunca me había parado a mirar la vida desde este punto de vista. Lo que no quiere decir que desconociera la transcendencia de casi todas nuestras decisiones. Me refiero al hecho de que justo antes de tomar esas inevitables decisiones, todo, absolutamente todo, aún sigue siendo posible.

Me pareció increíblemente atractiva la idea de pararse a observar relajadamente un horizonte colmado de posibilidades. Todas dispuestas a ser elegidas. Pero analizando esta idea con más detenimiento, me he dado cuenta de que esta postura puede llegar a ser un poco peligrosa. Porque, no nos engañemos, las mejores posibilidades suelen ser efímeras y casi siempre debemos cogerlas al vuelo o, de lo contrario, se esfuman ante nuestros ojos como lo hace tarde o temprano el olor del mejor de los perfumes.

No me malinterpretéis, sé que hay decisiones que necesitan ser meditadas, pero a mi parecer resulta mucho más importante cerciorarse de que empleamos el tiempo estrictamente necesario para hacerlo. O de lo contrario, llegará el momento en el que nos lamentaremos recordando aquello de que ‘Es mejor arrepentirse de algo que hemos hecho que arrepentirse de no haber hecho nada’.

Y es que la vida nunca tiene la necesidad de esperarnos. Y nunca lo hace.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Finales

Todas las historias tienen su final. De esto estoy cada vez más convencido sin saber muy bien el porqué. Simplemente es lo que pienso. Y no es algo que yo haya decidido creer, si es que es posible decidir este tipo de cosas, simplemente lo siento así. Es mi opinión. No sé… El tiempo. El desgaste. La propia vida... Me es difícil concebir algo eterno.

Pero a ti nunca te lo he dicho. Nunca te he contado que, a veces, cuando te miro, me pregunto hasta donde llegaremos, cuando será nuestro final. Quizás si te lo dijera me entenderías, pero no lo creo. En este aspecto también somos muy distintos. Seguramente te lo tomarías como inseguridad por mí parte, como dudas totalmente irrazonables. Pero, a mí parecer, este es un pensamiento de lo más lógico. Sin ir más lejos, también he pensado mil veces en mi propio final, en mi muerte, en cuando será. Para mí resulta natural pensar en cuando se sucederán los finales. Cualquier final. Otro ejemplo sería este blog. ¿Cuándo dejaré de escribir en él? Porque es seguro que tarde o temprano dejaré de hacerlo. Pero, ¿cuándo? Eso no lo sé.

Aunque en realidad lo realmente importante de los finales, más que los cuándos, creo que lo son los cómos. Cómo será. Cómo dolerá. Cómo afectará. Cómo nos retratará en el futuro. Y si hay algo que me da miedo es que entonces, que cuando llegue nuestro final, creas que cada día al levantarme no he pensado en ti. Que no he sentido cada beso, cada caricia, cada instante. Que no he grabado con fuego en mi corazón cada te quiero. Cada momento. Cada noche. Cada sonrisa. Que no he llorado contigo cada lágrima. Porque me importas y porque te quiero. Mucho. Y porque probablemente nunca dejaré de hacerlo de un modo u otro aunque algún día ya no estemos juntos, sea cual sea el motivo...

Y ahora dime, ¿vienes conmigo al fin del mundo?

lunes, 5 de diciembre de 2011

Regalos sorpresa...

Ayer por la tarde, a eso de las cinco, sonó mi teléfono móvil. Era mi hermana…

(Ring, ring, ring…)

Ella: Oye, ¿qué quieres que te regale para tu cumple?
Yo: Luego te llamo, que ahora estoy liado…
Ella: Había pensado en comprarte algo de ropa… ¿Una chaqueta? Que la que tienes es horrible.
Yo: Pero qué dices, me encanta y además si es casi nueva.
Ella: Pues no sé que comprarte, eh. Pensaba comprarte unas zapatillas, pero me ha dicho Lunar que te las va a regalar ella.
Yo: A ver rubiaca, se supone que los regalos deberían sorprenderme, ¿sabes? Oye, que en un rato te llamo y hablamos, que ahora no puedo…
Ella: No le digas que te lo he dicho, ¿vale?
Yo: Que te dejo, que tengo priiiisa…
Ella: ¿Dónde estás?
Yo: En casa, cambiándome, que he quedado a y media.
Ella: ¿Dónde vas?
Yo: Con Lunar.
Ella: Ya, pero ¿dónde?
Yo: ¿Estás aburrida o me lo parece?
Ella: Estoy esperando que me pasen a buscar, pero llegan tarde.
Yo: Pues el que va a llegar tarde, por tu culpa, voy a ser yo.
Ella: ¿Y si te compro un reloj?
Yo: Nunca llevo.
Ella: Por eso.
Yo: Tengo, pero no me lo pongo.
Ella: Porque no te gustará.
Yo: La verdad es que no tengo ni idea ni de donde lo tengo.
Ella: Pues vaya, si te voy a comprar un reloj para que luego lo pierdas…
Yo: Oye, que te cuelgo.
Ella: Que borde, si no sé ni para qué me lo pienso tanto. Te tendría que comprar una colonia o unos calcetines o algo así…
Yo: Pues de colonia ando escaso.
Ella: No te pienso regalar colonia, es una cutrada... Oye, ¿no oyes un ruido?
Yo: No.
Ella: Un pitido.
Yo: Te estará entrando otra llamada…
Ella: ¡Uy!, me estarán haciendo la perdida para que baje. Te dejo, chao.

(Pi, pi, pi, pi…)

Yo: Chao…

viernes, 2 de diciembre de 2011

Bipolar

Últimamente me estoy volviendo un tipo de lo más extraño. Sólo me muevo en términos absolutos. Lo mismo me ofusco por cualquier tontería, como tan pronto lo veo todo del color de rosa. Unos días estoy convencido de mi propia genialidad y otros, en cambio, pienso que soy la persona más inútil del mundo. De pronto me siento alguien importante o bien tan insignificante como un granito de arena en un inmenso desierto. O soñador o desilusionado. Optimista o agorero… No hay manera de que encuentre el término medio.

Y con el sueño me pasa lo mismo. Hay noches que me cuesta horrores dormirme y, cuando lo consigo, sueño mil estupideces que no me dejan descansar. Pero otras noches, sin saber por qué, caigo rendido nada más meterme en la cama y duermo profundamente, sin soñar, o al menos sin recordar haberlo hecho. Entonces aprovecho y, por fin, descanso.

Esta noche ha sido de las de dormir a pierna suelta. Gracias a ello, esta mañana me he levantado como nuevo, renovado, en paz conmigo mismo. Y hacía tiempo que no me sentía así. Es como si llevara una sonrisa pegada en el alma y contagiase a cada palabra, a cada movimiento, a cada rincón por el que paso, a cada nube gris que se propone nublar mi mañana.

Y la verdad es que es un poco desconcertante, porque si me preguntarais, no sabría deciros si me sientan del todo mal estas subidas y bajadas. Porque caer en picado aterra, pero puede que sea la única forma de aprender a saborear plenamente cuando por fin conseguimos tocar el cielo, aunque tan sólo sea por un segundo.