viernes, 30 de septiembre de 2011

Perdido en la noche

Esta noche me siento solo, perdido, como un niño al que sus padres han dejado olvidado en casa. Pero ni yo soy un niño ni nadie me ha abandonado…

Y es que a veces nada parece lo que en realidad es. Como este otoño disfrazado de verano. O como mis sueños camuflados de nostalgia. Lo único cierto es que últimamente mi vida ha sido invadida por la tristeza. Y la verdad es que no sé distinguir muy bien el porqué.

Quizás los mismos motivos que un día me hicieron ser feliz hacen que hoy me sienta triste. Como un apetitoso manjar indigesto que se niega a ser vomitado. Por mil cosas. O por ninguna. Puede que no haya una sola razón y que todo sea el resultado de mil circunstancias. Por todo y por nada. Por tanto o por tan poco. Tan incomprensible y caótico como el desconocido devenir del universo.

Porque, al fin y al cabo, vivir cada día es totalmente impredecible. Es exponerse a perder cosas que creías imprescindibles. Arriesgarse a experimentar cambios que el día anterior se te antojaban inconcebibles. Decidir que partes de ti estás dispuesto a perder.

Aunque también es verdad que al día siguiente bien podrías querer volver al mismo punto en el que te encontrabas hace dos días. Podrías darte cuenta que has tomado decisiones precipitadas, que no merecían la pena. Y tal vez por eso decides esperar para ver si se te pasa, si sólo ha sido un mal día. Y te das otra oportunidad. Y otra. Y otra más.

En cualquier caso, llega un día en el que te das cuenta que estas viviendo dejando pasar demasiadas cosas, haciendo la vista gorda demasiado a menudo. Y ya no sabes cómo parar. Ni si deberías hacerlo. O si resulta que la vida se trata de esto, de amoldarse. De aprender a hacerlo.

Y yo, lo único que sé de verdad, es que estoy deseando aprender, un día de estos, a vivir.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Fuera de sitio

Hay mañanas que me levanto tan cansado que soy incapaz de recordar donde dejé mis cosas la noche anterior. No encuentro las zapatillas. Ni mi taza preferida para el café. Ni las llaves del coche. Ni mis ganas de enfrentarme a la vida. Todo está perdido, extraviado, fuera de sitio…

domingo, 25 de septiembre de 2011

No tirar

Cuando era pequeño y mi madre se enfadaba conmigo, me castigaba a ordenar mi cuarto. Entonces, yo hacía lo siguiente. Lo sacaba todo de su sitio, de los armarios, de los cajones… y hacía dos pilas: una con lo útil y otra con lo inservible. Para luego ordenar a mi manera la pila de lo útil y meter en una bolsa de basura todo lo inservible. Y entonces ella se enfadaba aún más conmigo, porque cuando revisaba la bolsa de basura, encontraba decenas de cosas que bajo su criterio no eran para tirar.

Con el tiempo depuré mi técnica y metía en la bolsa de basura cosas que sabía que mi madre detectaría como cosas para 'no tirar': una camiseta que no me gustaba, un libro de historia, una calculadora científica en perfecto estado, algún horrible regalo de mi tía… Se convirtió en una curiosa forma de rebeldía, de retarle, de irritarle, de demostrarle que yo era más listo que ella, que no aceptaba su castigo…

Ahora hago algo parecido. Cuando me enfado conmigo mismo, necesito coger una bolsa de basura y meter cosas que me irritan, recuerdos que no me gustan, pero que de un modo u otro sé que necesito, que no debería tirar, que me arrepentiría si lo hiciera. Pero ahora no es mi madre quien revisa más tarde esa bolsa y recupera la mayoría de las cosas. Soy yo, cuando me tranquilizo un poco, quien lo hace.

Supongo que a día de hoy a quien reto es a mí mismo. Así que, como retado, ya sé lo que debía pensar mi madre por aquel entonces, lo que pienso yo ahora mismo: 'Este niño nunca cambiará'.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Impasse

Estoy pasando por una de esas épocas en las que te quedas paralizado ante el teclado. Una de esas épocas en las que coges un libro y no puedes concentrarte y leer. Una de esas en las que empiezas a ver una película y no consigues engancharte al argumento. De esas en las que no aciertas a acabar nada de lo que empiezas.

Todo lo dejas a medias. Y lejos de preocuparte o de quitarte el sueño, pasas las horas muertas adormecido. Ni dormido ni despierto. Perdiendo el tiempo. Derrochando las horas muertas. Casi sin hacer nada, sin ni tan siquiera pensar. En un curioso estado vegetativo en el que casi todo te resbala. Indiferente. Desganado. Sin ganas de implicarte. De avanzar. De construir. Sientes miedo de dar un paso y que se te caiga todo encima, todo lo construido con anterioridad, antes de este inquietante momento de parón.

Y miras a tú alrededor y las paredes que te rodean, de pronto, te parecen demasiado altas. Asfixiantes pero frágiles. Casi a punto de desplomarse. Y, aunque te aprisionan, sabes que si caen agonizaras de dolor. No sabes si valdría la pena. Y sientes miedo a dar un solo paso, a avanzar. A moverte.

A veces dan miedo cosas que no logras identificar. Son miedos casi transparentes. Pero están ahí. Los sientes. Inmóvil. Paralizado. Agarrotado.

Y es que a veces dan miedo muchas cosas. Como, por ejemplo, intentar seguir tus propios consejos.

martes, 20 de septiembre de 2011

Las riendas

Hoy reirás o llorarás. Serás feliz o infeliz. Gritarás o cantarás. Quién sabe. Todo está en el aire. Pero tú, no lo dudes, eres el factor determinante. Casi todo depende de ti. Está en tus manos. Toma las riendas. No permitas que se te acumulen los deseos en el cajón de las intenciones postergadas. No deambules por la vida como un sonámbulo. No dejes que tus sueños se conviertan en utopías, quimeras o en meras fantasías. Abre los ojos. Actúa. O, de lo contrario, puede que hasta estas letras que ahora lees, no sean más que una alucinación más dentro de ese coma narcótico en el que has ido transformando poco a poco tu vida.

¿Estás dormido?

Despierta.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La joven promesa

De repente han pasado ya cuatro años. Parece que fue ayer aquella mañana de lunes en pleno septiembre... Tenía 25 años, hacía un día soleado y estaba dispuesto a comerme el mundo. Era mi primer día de trabajo en mi empresa actual. Entonces no me imaginaba que cuatro años después continuaría en el mismo empleo. Con las mismas tareas. Con las mismas promesas. Prácticamente con el mismo sueldo. Pero, como decía, aquella mañana yo aún no sospechaba nada de esto. En el horizonte imaginario de mi futuro asomaban cientos de posibilidades que en realidad nunca han existido. Por eso, aquel día, me presenté en la oficina ilusionado y sonriente. A lo mejor por eso tengo tan fresca en mi memoria aquella mañana soleada de aquel septiembre, porque sería de las pocas en las que sonreiría camino del trabajo.

En fin, así de nostálgica es la vida de un ex joven prometedor que iba a triunfar en el mundo laboral gracias a su talento.

viernes, 9 de septiembre de 2011

De quinteto a cuarteto

Se podría decir que hemos crecido juntos. No alcanzo a recordar mi vida antes de conocerle. Festivo, yo y él nos conocemos desde la más tierna infancia. Compartimos juegos y descubrimos poco a poco un mundo que nos regalaba día a día cientos de sorpresas.

Más tarde, ya en el instituto, se nos unieron Sensato y Reservado. El quinteto inseparable. Los cinco juntos sobrevivimos a la adolescencia y nos adentramos en esa época tan convulsa que abarca hasta bien entrada la veintena. Los primeros ligues, las primeras fiestas, las primeras vacaciones sin familia... En nuestra andadura nos acompañaron diferentes amistades, unas fugaces, otras más duraderas, chicas, rollos, novias, parejas estables... Pero la esencia del grupo seguíamos siendo nosotros cinco, él incluido.

Pero la vida quiso que él se tuviera que marchar a más de 600 kilómetros de distancia. La despedida fue sonada, sentida. Lágrimas, brindis… promesas de amistad. Los primeros meses el contacto fue total. Pero, puede que inevitablemente, poco a poco el contacto fue cada vez menor. Nuestra relación se fue enfriando, para más tarde tomar una nueva dimensión gracias al boom de las redes sociales.

Y llegó un día en el que volvió. Casi cinco años después desapareció la distancia que nos separaba. Pero algo había cambiado: él ya no parecía ser el mismo... O puede que fuéramos el resto los que habíamos cambiado sin contar con él. Sin esperarle.

Todos intentamos hacer resurgir aquella amistad que tanto nos había dado. Aquel quinteto quería renacer. Pero llegó un punto en el que todo parecía demasiado forzado. No parecía congeniar con nosotros como antaño y no sabría explicar el porqué. Los lazos entre el resto de los amigos y él se fueron resquebrajando y rompiendo.

Yo intenté aferrarme al que consideraba unos de mis mejores amigos, pero cuando una amistad con una persona que vive en tu misma ciudad se basa en las redes sociales: mala señal...

Y te engañas, quedas de higos a brevas con él y crees reavivar aquella llama. Pasas un rato rememorando anécdotas pasadas, pero llega un día en el que comprendes que casi nada del presente os une. Se os hace difícil hablar de algo que no sea vuestro pasado. Le miras a los ojos y no encuentras en ellos a aquel niño, a aquel joven con el que lo compartiste casi todo. No reconoces a tu amigo. No sabes cómo, pero se ha transformado en un extraño...

Bueno, puede que no exactamente en un extraño, pero sin duda ha pasado a ser un amigo más entre todas esas caras del facebook, esos que hacen aparición en las celebraciones de cumpleaños, con los que compartes una cerveza tras un encuentro casual al salir del gimnasio. Sólo eso... Aunque puede que también sea mucho, pues en la vida tenemos muchas clases de amigos. Bien es sabido que existen múltiples grados de amistad. Pero lo que está claro es que ya no forma parte del quinteto, de los incondicionales, de los que sientes casi como familia.

Ahora, aunque a veces duela, somos un cuarteto.

domingo, 4 de septiembre de 2011

En mi cumbre borrascosa

Últimamente estoy algo decaído, triste, apagado… Puede que hasta un poco melancólico. Y eso que mi vida es más que notable en casi todos sus matices. Matices que de hecho no sé muy bien cuáles son. Mi salud, que supongo sería uno de ellos, es excelente. La relación con mi chica, notable alto. La familia, bien, gracias. Y del trabajo, hoy por hoy ya no me quejo, al menos no demasiado, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que estaba hace unos meses.

Todo parece casi perfecto. Pero aquí, en la cima del mundo, también aparecen los problemas. Que si estoy muy solo aquí arriba. Que si me falta el oxígeno. Que si ya he llegado a la cumbre y ahora qué… Porque, claro, estando en todo lo alto, la única opción que te queda es descender. Caer. Despeñarte. Para volver a subir. Y precipitarse de nuevo al vacío…

¿Y para qué? ¿Todo esto para qué?

Pues esta vez me niego a bajar. Yo ya estoy cansado de este juego. Clavo mi bandera en este pico y me quedo aquí arriba… Por lo menos hasta que llegue el abominable hombre de las nieves y me espante con sus aullidos.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Héroes de segunda mano

Nuestro protagonista está ahora mismo sentado en la cama, tecleando en su portátil, ignorante de su heroico destino... Su libre albedrío es tan sólo aparente, puesto que su fin en la vida no es otro que el de encontrar la felicidad entre increíbles hazañas, procurando momentos inolvidables e increíbles a sus allegados. Eso está claro...

Puede que el carácter claramente egocéntrico del protagonista influya en el transcurso de esta narración, ya que el narrador es el propio protagonista, o sea yo mismo. Así que tenemos narrador y protagonista todo en uno. He aquí el primer acto heroico...

El reloj de la mesilla marca la una y cuarto de la madrugada, nuestro héroe bosteza, parece visiblemente cansado. En breve publicará esta entrada, apagará el portátil, lo cerrará y lo dejará en el suelo, junto a la cama. Después apagará la luz, se acomodará heroicamente en la cama y no tardará en quedarse dormido, dejando sobre su almohada un épico hilillo de babilla...