martes, 31 de mayo de 2011

Llamada nocturna

El teléfono móvil me despierta pasadas las dos de la madrugada, es Lunar

- Mmmmmmmm.
- Nene, estoy preocupada…
- ¿Mmmmmmmmmm?
- Que te digo que estoy preocupada…
- Mmm... ¿Qué hora es? Son las tantas…
- ¿Qué pasa? Tú también me llamas a estas horas.
- Yo lo hice una vez y antes te mandé un sms preguntando.
- Bueno, igualmente me despertaste. Pero es que estoy preocupada…
- Vaaaale, dime. ¿Por qué?
- Por mi madre…
- ¿Qué pasa? ¿Le pasa algo?
- Me ha llamado a las doce para avisarme que llegaría tarde. Y aún no ha llegado…
- Bueno, te ha avisado que llegaría tarde, ¿no? No te preocupes, estará al llegar.
- Que no, que no te enteras… Que no es eso. Es que últimamente le ha dado por los libros de bolsillo…
- Ehhh,… ¿y qué libros lee que te preocupan tanto?
- No, nene, no….¡Que estás en la parra! Que se trata de quien se los vende…
- ¡Ahhhh, su amigo, el de la librería!
- Te ha costado pillarlo eh…
- Medio dormido estoy lento… Tranquila nena, déjala que disfrute.
- Es que me siento rara, aquí esperándola... No estoy preparada para ver a mi madre comportarse como una adolescente.
- Jajajaja…
- Pssss… que ya llega… Viene para mi habitación…

A través del teléfono escucho la voz de la madre de Lunar:
- ¿Qué haces hablando por teléfono a estas horas?- pregunta.
- ¿De dónde vienes a estas horas?- responde Lunar con otra pregunta.

No consigo escuchar la respuesta de su madre, así que pregunto:
- ¿Qué dice?
- Que viene de leer un libro.
- Jajaja, buena respuesta.
- Dice que somos unos cotillas.
- Vaya, al final pillo yo…
- Buenas noches de parte de mi madre.
- Buenas noches a ella también.
- Oye te dejo que es muy tarde.
- No me digas…
- ¡Un besito!
- Buenas noches nena.

domingo, 29 de mayo de 2011

Todos

El joven estirado que lee en el metro.
El hombre gordo secándose el sudor con un pañuelo blanco.
El niño que le saca la lengua a su madre.
El deportista aficionado que cree que podría haber llegado a lo más alto.
La anciana parada junto al semáforo.
El escritor amateur que bebe ginebra a las tres de la mañana.
El anónimo que desprecia con elegancia una entrevista.
El inmigrante que charla frente a su portátil.
La chica que corre para coger el autobús.
El treintañero con su perfecta sonrisa blanca.
El cantante desconocido del ridículo sombrero.
El músico ambulante que interpreta canciones con su acordeón.
La única mujer del mundo que jamás ha usado prendas de color negro.
El gracioso del barrio que aún acierta a hacer reír a alguna ilusa.
El nostálgico que pasea por las calles de su ciudad.
El amigo que escucha en silencio.
El padre que mira orgulloso a su hijo.
La preciosa joven del diminuto bikini.
El vencedor que se esconde.
El amante destronado.
El soltero que fantasea con no dormir solo.
La pareja que observa el resplandor lejano de su futuro.
La diosa del streaptease.
El borracho que sonríe frente al espejo.
La musa del insomne bloguero.
El cumpleañero que pasa el día entre llamadas y felicitaciones.
La gente amarrada a sus preocupaciones.
La compañera adicta al teléfono.
El parado que acomoda la cabeza sobre el brazo de su chica y espera a que le venza el sueño.
El empleado a su regreso al trabajo tras sus dos únicas semanas de vacaciones.


Vidas en oferta, todos a una, personas en ebullición, pueblo agotado; aún así, nadie se rinde.

martes, 24 de mayo de 2011

Retrovisores

¿Te imaginas conducir sin usar los retrovisores?

Accidente asegurado, ¿verdad?

Pero, ¿qué ocurriría si condujeras únicamente mirando a los retrovisores, sin mirar hacia adelante?

Pues en la vida pasa exactamente lo mismo…

Porque la felicidad no se encuentra en echar de menos viejas glorias, ni mucho menos en marcarte miles de metas, metas lejanas… Ni tampoco en obligarte a planificar todo tu tiempo para intentar mejorar el futuro, sin darte cuenta que la única realidad es que te estás perdiendo el presente. Y eso, amiga, amigo,… significa perdértelo absolutamente todo.

Porque la felicidad sólo se encuentra cuando logras no mirar en exceso ni para atrás ni hacia adelante, cuando eres capaz de detenerte por un momento, de no empeñarte en rendir cuentas pasadas, de olvidarte de los miedos y de los miles de propósitos y objetivos remotos...

Cuando por fin consigues vivir sin lastres, sin pretensiones desmedidas…

Simplemente eso: parar, servirte una copa de vida y saber saborear cada segundo que te pasa por delante mientras escuchas, por ejemplo, esta bella canción...

sábado, 21 de mayo de 2011

De las acampadas, la información y el respeto

No es mi intención hacer apología de las acampadas, manifestaciones, reivindicaciones (o como lo queráis llamar) que se han llevado a cabo durante estos últimos días en distintos puntos de nuestro país. No soy de manifestaciones, reuniones multitudinarias, ni de grandes actos sociales en general. Hoy (o ya tal vez debería decir ayer), viernes 20 de mayo de 2011, he acompañado a Lunar a comprarse ropa necesaria para una boda que se celebrará en breve. Y al salir de una de las tiendas del grupo Inditex en el centro de Barcelona, me he visto sorprendido por un acto multitudinario, pacifico e impactante (si se me permite la licencia), pero sobretodo libre.

Aunque he de confesar que no he sido capaz de comprender o de recibir un mensaje claro de lo que se solicita, aclama o reivindica en estos actos, comparto pensamiento con aquellos que defienden actos de este tipo para defender una realidad latente en nuestro país: es decir, la necesidad urgente de cambios.

Y precisamente esa es la desgracia… Me refiero a personas como yo, que no hemos tenido el tiempo necesario o bien la involucración requerida para ponernos al día e informarnos de lo expuesto por los impulsores de estas acampadas, y que nos ha sido absolutamente imposible hacernos una idea real de todo a través de las noticias, periódicos o en definitiva de la información que nos proporcionan los medios de comunicación de este nuestro país.

Y es que si hay algo de lo que no disfrutamos, sin duda alguna, en este país es de una información libre. Sé que sin duda existirán profesionales ejemplares en nuestros medios, pero lamentablemente también abundan los medios partidistas, con miles de intereses políticos o que simplemente no les interesa proporcionarnos una información libre, neutral, imparcial o como mínimo respetuosa.

Pero por suerte la realidad en la calle es otra. La realidad ciudadana cada vez más tiende al respeto. Y este es el medicamente que necesita urgentemente nuestra sociedad y sobretodo nuestros medios: respeto, mucho respeto. Y no me refiero solamente al ámbito político, sino también al social y al deportivo (por poner más ejemplos), y de igual modo no me refiero sólo al respeto a manifestantes o acampistas, sino también al respeto a las personas, a las ideas, a los pensamientos, a las culturas, a gays, a lesbianas, a obesos, a larguiruchos,... o para todos aquellos que pudieran ser catalogados como 'diferentes' por mentes involucionables y retrógradas.

En fin, trás todo esto, supongo que, como yo, miles de españoles se levantarán el próximo domingo y no sabrán si votar, si abstenerse, si votar en blanco, si votar a cualquier grupo minoritario o, en definitiva, no sabrán si su derecho de voto sirve a estas alturas para algo.

jueves, 19 de mayo de 2011

Bobadas insomnes

Miro por la ventana y me pregunto si seré la única persona despierta en todo el mundo. Lo cual, lo sé, no deja de ser una absoluta tontería; aunque, en fin, a estas horas que esperabais…

En los edificios de mí alrededor no veo ni una sola luz. Pero a lo lejos, a través de una ventana, vislumbro un resplandor de lo que podría ser un televisor encendido. No sé muy bien porqué, me alivia el pensar que haya alguien más despierto en esta inmensa ciudad, en esta pesada noche.

¿Quién será? ¿Por qué no está durmiendo como el resto? Puede que, como a mí, también le hayan robado el sueño las preocupaciones. ¿Qué pensará? ¿Qué le preocupa? Seguro que no sospecha que, gracias a él, yo me siento menos solo, en compañía… En cierto modo me consuela el haber encontrado un compañero con el que compartir el insomnio…

Aunque, claro, también cabe la posibilidad de que alguien se haya quedado dormido con el televisor encendido.

lunes, 16 de mayo de 2011

Un fin de semana diferente

Vale, puede que algunos de vosotros recordéis que hace ya algún tiempo prometí no volver a incordiar con entradas-resumen de mis fines de semana; pero, como ya dije en su día, la cabra tira al monte

Así que ahí va:

Este sábado tocaba de nuevo la odisea de ayudar a un amigo a amueblar su nuevo piso. La cuarta o la sexta vez, ya no estoy seguro. En esta ocasión, tocaba el de mi amigo Reservado, del que creo que nunca os he hablado. El es, digamos, la discreción hecha persona...

Pues bien, nuestras tareas eran acompañarle a Ikea, aconsejarle, cargar cajas y meternos insistentemente con él… Pero lo primero es lo primero, así que, antes de nada, lo que hicimos fue tomarnos un pequeño tentempié a eso de las once de la mañana: unos hotdogs con una cebolla refrita, que más tarde descubriríamos que tenía unos efectos secundarios un tanto deshonrosos…

En fin, una vez en Ikea, nos los pateamos todo, sección por sección, y ante la indecisión de nuestro amigo Reservado, las chicas del grupo tomaron el mando y ejercieron de interioristas para él. La cosa se alargó, y acabamos comiendo pasadas las cuatro de la tarde, con menú de McDonald’s,… pero con mucho estilo y algún que otro eructo.

Luego nos dirigimos al nuevo piso de Reservado para ayudarle a montar los muebles imprescindibles para que éste pudiera sobrevivir al fin de semana: ósea, la cama y poco más.

A eso de las ocho y media de la noche, todos nos retirábamos a nuestras respectivas casas para ducharnos y cambiarnos. Habíamos quedado más tarde para cenar e ir a tomar unas copas. Pero a última hora, Lunar y yo, algo cansados, cambiamos de planes. Decidimos quedarnos en mi casita, comer comida china a domicilio y devorar capítulos de True Blood. Y antes de las doce de la noche ya estábamos dando cabezadas en el sofá cual abueletes, así que, cortos y perezosos, nos fuimos a la cama.

Al día siguiente, domingo, resultaba extraño estar despiertos a las nueve de la mañana, sin resaca, y con ansias de jugar a la petanca, mirar obras o hacer un picnic en el Retiro. Pero como no teníamos bolas de petanca, los obreros no trabajan los domingos y como el Retiro nos quedaba a unos 600 km; decidimos ir a casa de Lunar a buscar su réflex para dar rienda suelta a la afición fotográfica de ésta.

Acabamos yendo a Santa Fe del Montseny, un paraje tan encantador como relajante. Lunar hizo unas fotos, a mi parecer, sensacionales y, para el de ella, llenas de defectos que yo jamás hubiera detectado... Luego disfrutamos de un exquisito churrasco a la brasa en un restaurante muy hospitalario y con unas hermosas vistas. Y, para finalizar, otro paseíto y de vuelta para casa.

La verdad es que el fin de semana resultó estupendo, especial,… diferente. Sacrificar el sábado noche, para cambiar la resaca del domingo por un paseo por la naturaleza, fue todo un lujo. Un lujo que merecerá la pena volver a repetir de vez en cuando.

Llamadme dominguero, llamadme abuelete,… pero lo que no sabéis es que las boinas siempre me han sentado genial.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Enséñame la pasta

Mantenía que le amaba y apreciaba como el primer día, pero había cosas que no podía perdonarle...

No podía perdonarle que en plena época de crisis, y tras varios despidos, se aferrara a un empleo con un sueldo mileurista.

Le acusó de falta de ambición.

Le faltaba algo más, sospecho lo que era...

Ya no podían salir como antaño, ni irse tan a menudo de vacaciones, ni acudir a lujosos restaurantes. Ella no se entretenía del mismo modo paseando, conversando o cenando un McPollo.

No estuve presente en la ruptura y nadie me ha revelado sus palabras exactas de despedida, así que no me queda más remedio que inventármelas…

Debieron ser algo así:

Yo te quiero.
Yo te adoro.
Pero,... ¿dónde está la pasta?

domingo, 8 de mayo de 2011

Recuerdos borrosos

Tengo 19 años, estudio y hoy tengo el día libre en la bolera donde trabajo. Es octubre de 2001. En diciembre cumpliré los 20. Estoy estacionado frente a un edificio de cinco plantas esperando a que ella baje. Luego hemos quedado con mis amigos para salir de fiesta. En mi citroën saxo suena ‘Eres un canalla’. Y el resto del universo asiste sobrecogido a los acontecimientos que se suceden tras los terribles atentados del 11-S… Finalmente ella aparece, sube al coche, nos besamos y conduzco mientras me cuenta algo acerca de su pelo.

Y esta tarde, año 2011, la he vuelto a ver… Al principio ni la he reconocido, estaba muy cambiada. Iba del brazo de un hombre mayor que yo. Yo iba con Lunar. El encuentro ha sido muy cerca de aquella bolera en la que yo trabajaba. Bolera que, por cierto, ya no existe. Ella entraba al cine, yo salía. Nos hemos mirado… Y ni tan siquiera nos hemos saludado. Incluso es posible que ella no me haya reconocido.

Y aquí estoy ahora, con la cabeza puesta en aquellas escasas tres o cuatro semanas que estuvimos juntos hace ya casi 10 años. Intentando recordar algo de ella, como era, como se comportaba, quién era ella… Y, sobretodo, intentando recordar quién era yo por aquel entonces.

Es curioso, pero me parece estar recordando la vida de otro, el argumento de una antigua película,... estar pretendiendo recordar la personalidad definida por el autor para el protagonista de un libro que leí hace ya mucho tiempo…

jueves, 5 de mayo de 2011

Autoengaño y otros problemas de ego

Miré por la ventana. Era de noche. Eran casi las dos de la madrugada. Y aparte de eso, sabía muy pocas cosas, como ahora…

Escribí en mi portátil: ‘Mis fracasos siempre son totalmente injustos’. Borré lo escrito y cerré el ordenador. Apagué la luz y me metí en la cama.

Entonces, empecé a pensar:

Pensé que llevo toda la vida diciendo lo mismo: ‘¿Mis fracasos…? Injustos, claro’.

Yo era el bueno, eso estaba claro, así que lo normal era que, ante cualquier dificultad, al final siempre ganase yo y que, en el arduo camino hacia la victoria, como mucho, aprendiese una valiosa moraleja. Pero eso no era siempre así, a menudo perdía, para mi sorpresa…

A partir de ahí, se me ocurrió lo siguiente: ‘¿Y si a veces era yo el malo, el que se equivocaba?’.

Pero era bonito creer lo contrario. Que mis fracasos no eran más que injusticias. Que la razón siempre estaba de mi parte. Que cuando la gente me llevaba la contraría no era más que por incomprensión, por locura, incluso hasta por un acto de pura maldad...

En el fondo sabía que todo esto no tenía mucho sentido, pero me gustaba creerlo, quizá me convenía hacerlo… La realidad a veces es insufrible.

La única respuesta que encontró mi lógica, antes de rendirse de sueño, fue que era mi ego quien necesitaba de esos engaños para sobrellevar mis fracasos, mis derrotas.

Y me dormí.

Pero esta mañana, al despertar, me ha surgido una nueva idea: ‘¿Y si no existen ni malos ni buenos? ¿Y si la competición no se basase en demostrar quién es el bueno y quién el malo, en quién lleva la razón o no, en quién gana y en quién sale derrotado? ¿Y si no existiese tal competición? ¿Y si fuese tan sencillo como eso? ¿Y si bastase con eso?’.

Aunque lo cierto es que, a estas alturas, ya no sé si es mi ego quien me engaña de nuevo tratando de huir otra vez de la derrota,… del fracaso.

lunes, 2 de mayo de 2011

Regalos no desenvueltos

Resulta extraño cómo a veces eres incapaz de entender determinadas actitudes por mucho que las analices una y otra vez.

Por ejemplo: la actitud por la que, a día de hoy, hay un regalo aún sin desenvolver sobre uno de tus armarios desde hace ya varias semanas…

Todo empieza cuando el día de Navidad conoces a la madre de tu chica y a otros de sus familiares, por lo que tu chica cree oportuno que también conozcas a su padre.

Cabe aclarar que los padres de ella llevan casi ocho años divorciados y que la relación con su padre, desde entonces, se ha ido enfriando poco a poco hasta el punto de casi congelarse.

El primer intento (fallido) de conocerle surge en febrero con motivo del cumpleaños del padre, pero unos días antes de la fecha señalada él avisa de que finalmente no le viene bien quedar, que su actual esposa y los hijos de ésta le han preparado una fiesta. Una fiesta a la que ni tan siquiera se molesta en invitaros.

Pero, en fin, se produce un segundo intento. Esta vez para el día del padre.

Justo el día de antes acompañas a tu chica a buscar un regalo para su padre, dais mil vueltas en busca de un regalo apropiado, a ella nada le parece suficiente, recorréis decenas de tiendas, y tras perder prácticamente todo el día en escogerlo, finalmente le compráis un bonito regalo y guardáis casi una hora de cola para que os lo dejen perfecta y hermosamente envuelto. Como ese día tu chica duerme en tu casa, guardáis el regalo allí, sobre uno de tus armarios, preparado para ser desenvuelto al día siguiente.

Pero el regalo nunca llega a ser entregado.

Esta vez el padre no se ha molestado ni en avisar con algo de antelación de que no podrá asistir a la cita. Lo hace justo la mañana del día del padre. Llama a su hija y le comunica que está fuera de la ciudad, que se le ha pasado el avisarla, que la quiere y que pronto la llamará para concretar otra quedada.

Ella, con la voz entrecortada, le felicita por el día del padre, incluso simula una sonrisa, y cuelga… Entonces, te mira, te explica la llamada, mientras sus ojos se vuelven cada vez más brillantes y empiezan poco a poco a derramar lágrimas.

Entre sollozos te dice lo siguiente: ‘Yo sólo quería que os conocierais, que a él le hiciera ilusión conocer al novio de su hija, que tú conocieras a mi padre,… pero que conocieras a mi padre tal y como era antes,… no a este, a este no lo conozco ni yo misma…’

Y es entonces cuando se te cae el alma al suelo. Sientes angustia, tristeza, pena, impotencia, asco… Sientes que no entiendes nada. Pero sobretodo sientes amor, mucho amor. Sientes tantas cosas que no sabes que hacer, no sabes que decir, se te ahogan las palabras y, aunque pueda parecer cruel, te quedas inmóvil, mirando como llora.

Pero a los pocos segundos reaccionas, aunque sigues sin saber que decir, así que la abrazas con fuerza, apoyas tu frente sobre la suya, detienes con tu pulgar la catarata de lágrimas que se precipita hacía sus labios, y la besas.

Sientes que estás dando el beso más sincero de tu vida, el más tierno de todos...

Y, mientras ella llora, a ti se te hace un nudo en el estómago, sientes dolor, su dolor, y quieres sentirlo tú todo, todo ese dolor, quieres hacerlo tuyo, soportarlo tú por completo y que ella no sienta nada,… pero no puedes.

Y semanas más tarde, un domingo cualquiera, cuando ella se marcha a su casa tras pasar, como siempre, el fin de semana contigo, te da por observar ese regalo que yace huérfano sobre tu armario, aún sin desenvolver…

Y piensas un largo rato, pero sigues sin ser capaz de entender nada. Sientes frío, mucho frío...

Y, entonces, sólo y en silencio, sin saber muy bien porqué,… eres tú quien llora.