martes, 7 de junio de 2011

La segunda noche

Ayer me fui a la cama a eso de las 12 de la noche. Quería coger mi portátil, leeros y tal vez escribir algo. Pero todo esto solía hacerlo con un cigarrito. Pero, como ya no fumo, se me quitaron las ganas de golpe.

Me fui a la nevera, no había nada interesante. Tenía hambre, o puede que sólo fuera sed. Cerré la nevera, fui a mi habitación y miré por la ventana. Aún había muchas ventanas iluminadas. Miré la cama. Igual era eso, lo que tenía ya era sueño. Pero casi por inercia volví a la nevera. Allí seguía sin haber nada interesante. Cogí un zumo, que sabía que era de naranja, con la esperanza de que fuera de piña. Comprobé que era naranja, lo dejé en su sitio y cerré la nevera. Apagué las luces de todo el piso y me metí en la cama.

El reloj de la mesilla marcaba las doce y seis. De pronto, empecé a notar una molestia en el pecho. No entiendo de dolores pero parecía un dolor curioso, interno y no uno provocado por un golpe o un movimiento extraño. Empecé a darle vueltas. Pensé que probablemente fueran los pulmones. Tanto tiempo fumando tenía que pasarme factura. Aunque resultaba curioso que empezase a notarlo justo al dejar de fumar. Quizás el dolor lo hubiera provocado justo eso: el dejarlo. Puede que mis pulmones reclamasen su preciado humo. Podrían haber desarrollado, que sé yo, una mutación y necesitar del tabaco para su correcto funcionamiento. Un nuevo concepto de pulmón, un pulmón mejorado a base de humo y nicotina. Y es que, aún siendo fumador, mi nivel físico era bastante mejor que el de otros muchos que se jactaban de llevar una vida sana. Las tabacaleras pagarían millones por patentar esta nueva mutación genética, este paso hacia adelante en la evolución. Pensé que semejante descubrimiento bien merecería el esfuerzo de levantarme, acercarme al bar de la esquina, comprar tabaco y celebrarlo encendiéndome un pitillo. Pero bueno, puede que fuese una idea precipitada. Además ya era tarde, el bar debía estar cerrado…

El reloj marcaba las doce y media pasadas. Cogí el móvil y, sin sentido alguno, miré las últimas llamadas recibidas. Lunar aparecía cómo la última llamada entrante, saliente y perdida. Sin duda, estaba acaparando mi móvil por completo, no se conformaba con arrastrarme a dejar el tabaco, sino que además monopolizaba los registros de mi móvil. Debería llamarla. Seguro que escuchando su respiración sería capaz de descubrir si estaba fumando a escondidas. Porque en ese momento tuve la certeza de que me estaba engañando, de que fumaba a mis espaldas. ¿Podría oler su aliento a tabaco a través del teléfono? Sonaba absurdo, pero un tipo que tenía unos súper-pulmones bien podría tener también otras extrañas habilidades. Por ejemplo: oler a través de las ondas telefónicas... Cosas más raras se habían visto. Sin ir más lejos hace unos días había leído algo sobre la clarisentencia, el clariolfato... Eso sí que eran cosas realmente absurdas...

Me sorprendí a mí mismo mordiéndome una uña. Hacía años que no lo hacía. ¿Cual sería el próximo efecto secundario de dejar el tabaco? Me estaba condenando a pasar los días que me quedaban de vida como un insufrible insomne devorador de uñas. Un mutante con uñas y dedos sangrantes, capaz de oler a través del teléfono y con unos súper-pulmones desaprovechados por el empeño de negarles el humo...

El dolor del pecho ya había desaparecido pero, bueno, no cabía duda de que volvería. Unos minutos más sin tabaco y seguro que acabaría volviendo, está vez con más fuerza. Tenía que fumar. Tenía que avisar a Lunar. Era cuestión de vida o muerte. Aunque, por otro lado, para qué avisarla tratándose de una urgencia. Encima era bastante tarde para llamarla, era casi la una, seguro que estaría ya durmiendo. No quería despertarla. Además, ¿desde cuando debía rendirle cuentas a nadie? ¿En que me estaba convirtiendo? 'Si necesito fumar pues fumo', me dije. Rectifiqué: 'Si quiero fumar pues fumo'. Y volví a recordar que no cabía duda de que ella me la estaba jugando, que fumaba a hurtadillas. Después de todo cabía la posibilidad de que no estuviera dormida. En ese mismo momento bien podría estar fumando tranquilamente en su cama...

Me imaginé a Lunar en su cama, fumando, riendo y completamente desnuda. Un enorme cenicero a su lado. El blanco. Lleno de colillas. Su habitación inundada por el humo. Tuve un principio de erección y lo peor es que no supe diferenciar si por su desnudez o por el derroche de tabaco y humo que rodeaba toda mi fantasía. Cabía la posibilidad de que acabase de descubrir que el tabaco me ponía. Pensé que me sonaba que el tabaco fuera afrodisíaco. Me dije que eso tenía que buscarlo en internet, traté de memorizar la idea para ver si al día siguiente me acordaba de mirarlo. Aunque, claro, por mucho que fuera afrodisíaco me pondría cachondo el hecho físico de fumar, no el pensar en tabaco. Aquello más bien parecía una atracción… ¿física?

Todo empezaba a resultar cada vez más extraño, puede que fuese la primera persona a quien le atraía sexualmente un cigarro. Qué clase de tendencia sexual era esa, por dios. Me estaba destapando como el peor de los depravados sexuales. Y, ¿cómo se llamaría esa nueva tendencia? ¿Tabacosexual? ¿Cigarrosexual? ¿Humosexual? Si era verdad que lo era, como mínimo, debía ponerle un nombre... Pensé que si no dejaba de pensar en tabaco me sería imposible dormir. Pero, claro, siempre resulta difícil no escuchar a tu corazón. Y más aún a un corazón enamorado. Enamorado del tabaco. Ahí estaba yo como una treceañera pensando en comerle los morros a mi príncipe azul, en este caso un simple cigarrillo.

Pensé en girarme y mirar de nuevo el reloj de la mesilla pero, a partir de ahí, ya no recuerdo nada más, debí dormirme justo antes de llegar a mirar la hora...

Y esto es todo lo que recuerdo de mi segunda noche sin humos. Noche superada; aunque, como habréis podido comprobar, con un gran cúmulo de secuelas…

Disculpad este post tan extenso, ¡pero estoy hiperactivo!

6 comentarios:

  1. Sin embargo, yo me doy cuenta, de que cada noche necesito más un cigarro qeu la anterior. Y es que ahora que todos dejaís de fumar, yo quiero empezar a hacerlo.

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  2. Pues chico sigue así que escribes mejor con el "mono"
    me ha encantado leerte sufrirrrrrrrr
    jajajajjajajajajajja, eres un genio sufriendo, lo ves??

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  3. Jauroles, ya te dije ayer la mejor terapia para pasar el mono del tabaco.
    Mira a ver si dejar de fumar te está produciendo secuelas psicológicas porque este post es un poco "surrealista". Jaja.

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  4. "Ahí estaba yo como una treceañera pensando en comerle los morros a mi príncipe azul" jajajaja idilica la situación,eres la bomba eh jauroles!!!!!!! Un beso

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  5. Ese dolor en el pecho, ansiedad. Esa compulsión con la nevera, ansiedad. Ese morderse la uña, ansiedad. Si es que nadie dijo que el síndrome de abstinencia fuera fácil... Pero te diré un secreto: sólo dura unos días.
    Luego viene desengancharse psicológicamente y eso... lleva más tiempo.
    Besos y ánimo, no desfallezcas! Y, sobre todo, no te autoengañes con eso de "va, me fumo sólo uno para celebrar loquesea...".

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  6. Cuando dejé de fumar dejé el café, dejé las coas, dejé el reposo tras la comida. Con cada deseo de cigarrito me atracaba con pan y mantequilla. En 2 meses engordé 8 kilos que ya he perdido.

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