martes, 31 de agosto de 2010

Esto no es una crónica de mis vacaciones...

Sé lo aburrido que puede resultar la crónica de unas vacaciones relatada por un pesado charlatán como yo, y mucho más si dicha crónica es prolija en detallitos y anécdotas que carecen de total importancia para el interlocutor. Y prefiero no entrar a comentar esos interminables álbumes de fotos vacacionales tan interesantes como el volumen T-Z de cualquier enciclopedia de bolsillo.

Así que no os daré la lata exprimiendo lo que han dado de sí mis vacaciones en L’Alguer (en catalán), Alghero (en italiano), S’Alighèra (en sardo).

No os hablaré de su fabuloso casco antiguo propio de la época medieval, ni de sus pequeñas iglesias, murallas y torres, ni de sus estrechas calles salpicadas al azar con innumerables tiendas, restaurantes, terracitas y espacios verdes que adornan plazas diminutas.

Ni me pararé a describir sus formidables playas, cuyas aguas parecen haber encontrado el equilibrio perfecto entre el agua cristalina y la color turquesa.

Tampoco os contaré lo bello que puede resultar pasear por sus calles mientras ves ponerse el sol sobre el singular escenario de sus bastiones fortificados. Ni la magia de ver sus calles tiñéndose con la luz de sus farolas, invitándote a continuar la velada en cualquiera de los locales del centro.

No os explicaré lo acogedor que se torna el alba acompañado de una ricotta siciliana con chocolate negro.

Ni os aburriré con los detalles de mi visita a las Grutas de Neptuno, en barco, esquivando sus 656 escalones.

No nombraré el precioso pueblo de Bosa.

Ni las interesantes visitas por toda la región norte de Cerdeña: Porto Torres, Castelsardo, Olbia, Capo Testa o las paradisíacas playas de Costa Esmeralda.

Tampoco narraré la obligada visita a Cagliari, la cual se hizo más pesada de lo esperado, de cuya visita sólo cabría destacar su bella Via Roma.

No quisiera aburriros tampoco con el sinfín de anécdotas imborrables, genuinas y hasta absurdas que he vivido en primera persona.

Ni con los momentos únicos de intimidad y confidencias junto a Lunar, durante los cuales hemos creado nuevos y fascinantes lazos entre nosotros; mejorado, transformado e incluso adornado los ya existentes; y vislumbrado un pequeño ápice de lo que aún nos espera por vivir, descubrir y disfrutar juntos.

Ni con las noches de insomnio, de hacer amigos, enemigos, de hacer el loco o más bien el ridículo; ni con las mañanas de resaca, de risas y lloros; ni con los días de relax, de calor, de nudismo y si me apuras hasta de travestismo.

Lo dicho, no pretendía aburriros… Pero me temo que no he sabido cumplirlo… Incluso, yo mismo, no he podido reprimir varios bostezos mientras escribía esta odiosa apología de Callejeros Viajeros.

Lo siento.

lunes, 30 de agosto de 2010

De vuelta

Me levanto de la cama.
Me acerco a la nevera, a oscuras. La poca luz que entra por las ventanas, todas abiertas de par en par, me hacen de guía.
Abro con la mano derecha la puerta de la nevera, con la izquierda cojo la botella de litro y medio. Bebo agua.
Un trago, dos tragos, tres tragos. ¡Qué fría! Espero no coger dolor de garganta.
¿Por qué no puedo dormir?
Mientras vuelvo a dejar el agua en su sitio, escucho un ruido. ¿Viene del comedor?
Me acerco a mirar. De camino, noto un movimiento a mi derecha, como un destello.
Me detengo. ¿Quién es ese tipo en calzoncillos que me mira…?
Quince días fuera y ya no ubico ni los espejos de mi casa.
¿Y el ruido…? La cortina, como no. Mejor bajo la persiana del comedor.
Y, ahora sí, completamente a oscuras, vuelvo corriendo a la cama.
Mi cama. Se me hace extrañamente grande ahora mismo, inmensa. Hace tantos días que no duermo solo…
Cierro los ojos y casi puedo notar su presencia, mi propia piel me huele a ella.
Me acurruco con la almohada. Ahora izquierda, ahora derecha. Boca arriba, boca abajo…
No puedo dormir.
¿Qué habrá sido de mi blog? ¿Quedará alguien por allí? Así que cojo mi portátil.
¿Para qué? Pues para deciros:
Señores, señoras, señoritas… He vuelto, se acabaron las vacaciones.
Y mañana de vuelta al trabajo.

Y ya son más de las dos…

viernes, 13 de agosto de 2010

Un lugar

Ha llegado el momento de despedirse… ¡Me voy quince días de vacaciones! Y durante estos días no pienso tocar un ordenador y, si soy capaz de cumplirlo, tampoco mi teléfono móvil…

Hay que ver cómo puede cambiar la vida en un solo año. El año pasado mis vacaciones fueron, más que una pesadilla, una depresión. Y, en cambio, este año prometen ser un sueño.

Lo mejor del viaje, sin duda, la compañía. Mañana temprano, Lunar y yo cogemos un avión para marcharnos a un lugar…

Un lugar en el Mediterráneo. Un lugar pequeñito, acogedor, que nos servirá de trampolín para conocer, aunque sólo sea en pequeñas escapaditas, la gran isla a la que dicho lugar pertenece.
Un lugar que visité fugazmente hace algunos años y que me encantó. Un lugar al que me prometí a mi mismo volver algún día con más tiempo y calma. Un lugar que quiero enseñarle a Lunar. Donde por sus rincones oiremos un particular italiano y un peculiar catalán con muchas influencias. Donde no nos será nada difícil hacernos entender. Donde sus gentes son encantadoras y generosas en simpatía. Donde la tranquilidad es protagonista pero si buscas ambiente y diversión, o incluso desenfreno, lo encuentras. Donde numerosas culturas han ido dejando huella durante siglos creando un paraje, cuanto menos, característico. Donde existe una combinación única de historia, arquitectura, cultura, gastronomía, vinos excelentes y tiendas de moda. Donde su paseo marítimo ofrece una panorámica envidiable. Y donde sus playas son de color blanco y sus aguas totalmente cristalinas.

Un lugar que, si aún no lo habéis adivinado con todas estas pistas, no pienso revelaros...

Buscad el vuestro y, si resulta ser el mismo, dad un paseo al atardecer por sus encantadores callejones adoquinados. Allí, en cualquier terracita, al final de cualquier calle, me encontraréis junto a Lunar esperándoos para brindar con un buen vino. Acercaos, yo invito.

Os echaré de menos.

lunes, 9 de agosto de 2010

Mi coche

Todo empezó el pasado jueves por la tarde. Al arrancar, una luz en el salpicadero sugería que algo andaba mal en los entresijos de mi coche. La mancha de líquido bajo el capó lo confirmaba.

Por dios, mi coche se estaba desangrando...

Estaba claro, lo primero que había que hacer era llamar urgentemente a un mecánico. Así que cogí mi móvil y llamé…
- Papá, hay una mancha bajo mi coche, y se me ha encendido una luz en el salpicadero. ¡¿Qué hago?!
- ¿Has mirado la botella del agua?
- No.
- Anda, abre el capó…

Lo hice, y tras un ligero rastreo, mis ojos expertos detectaron la anomalía.
- ¡Esa no, esa es la del líquido de los limpiaparabrisas!- exclamaba el impaciente de mi padre…
- Ah, pues la más grande también está vacía.
- Tendrás que llevarlo al mecánico.

Así que a la mañana siguiente, me levanté, y chantajeé a Festivo para que me acompañara a llevar mi coche a mi mecánico de confianza. Bueno, al más cercano…

- Puede que sea un manguito- dijo el mecánico sin apenas acercarse al vehículo.- Déjamelo, y esta misma tarde te digo algo- sentenció.

Pasé gran parte de la tarde esperando a que sonara mi móvil, pero el mecánico se hacía de rogar. Siempre me hacen lo mismo, me engañan con falsas promesas y yo les creo…
En fin, finalmente llamó.
- No es un manguito, es algo más serio. Pásate por aquí- me dijo haciéndose el interesante.

El tema parecía no pintar nada bien, por lo que, esta vez sí, decidí vestir de negro. Preferí no pedir ayuda y acercarme al taller solo y a pie. El trayecto fue duro, como ir a un entierro,… no, como ir a recoger unas cenizas.

Mientras caminaba, tarareaba 'Fade to black', no se me ocurre mejor banda sonora para semejante momento…. Cuando la cancioncita ya no me distraía, pensé en quién podría ser más penoso que yo, y llamé a Lunar, que como aún no está de vacaciones estaba trabajando… pero como estaba muy contenta porque le quedaba menos de una hora para empezar el fin de semana, pues tampoco fue de gran consuelo hablar con ella.

Por fin llegué al taller. Y, una vez allí, el mecánico me tranquilizó. El problema tenía solución: Un nuevo radiador. Nuevo y muy caro… Pero, ¿cómo no iba a gastarme el dinero en repararlo? ¿Qué sería de mí sin mi coche? Y lo más importante: ¿Qué pensaría de mí Roxette?

jueves, 5 de agosto de 2010

Todo vale

Y es que da igual que estemos a sábado, a lunes o a jueves; que sean las diez de la mañana, las cuatro de la tarde o las tres de la madrugada; que diluvie o que el termómetro marque treinta y seis grados a la sombra…

Son días de tranquilidad, de risas, de quedar a cualquier hora, de charlar hasta las tantas, de olvidarse el móvil en casa, de perder el reloj y de llevar gafas de sol tipo pera. Días de tostarse, de moreno, de mojarse, de trasnochar, de sentirse bien, de comer mejor o de comer a lo camping, de cuidarse, de cuidarnos y de quererse a uno mismo queriendo también a los de alrededor.

Días de familia, de amistad, de amor, de fomentarlo, de cultivarlo y por supuesto de disfrutarlo.

Es verano, estoy de vacaciones,… y todo vale.

lunes, 2 de agosto de 2010

Caer en la cuenta

No me lo dijeron en aquel pub el día en que nos conocimos.
Tampoco lo mencionaron mientras nos besábamos con deseo en calle Aribau, número doscientos cuarenta y dos.
Ni cuando la desnudaba con ansia el último veintitrés de enero.
Ni cuando sus piernas me retuvieron.
Ni en ninguno de los amaneceres.
Tampoco en los restaurantes.
No me lo contaron mientras nevaba sobre su gorro de lana.
Ni cuando me hizo aquel regalo envuelto con su sonrisa.
Ni cuando me susurró al oído que creía que me quería.
Ni cuando me prestó sus mejillas y sumó sus dos lágrimas a las mías.
Ni en nuestra primera noche de guacamole.
Ni tan siquiera la vez que pasamos dos días y cuatro horas en la cama.
O aquella tarde que nos merendamos, sin hambre, tableta y media de chocolate.
Ni el único día que cenamos antes de las diez y diecisiete.
Ni aquella noche que decidimos dormirnos mientras nos mirábamos.
Y tampoco mientras hacíamos el amor ante noventa mil espectadores, sólo dos de ellos conocidos.

Me lo dijeron mucho más tarde. La última madrugada. Eran las tres y media pasadas, y yo me reía con un amigo de algo que ya no recuerdo. Ella bailaba a menos de seis metros. Entonces, la miré. Mucho. En ese instante mis ojos me lo confesaron. Era la mujer más bella que habían visto nunca. Estaba hecha exactamente al gusto de ellos, no podía haber otra explicación. Ninguna imperfección, no faltaba nada, nada sobraba. Vale, había bebido. Lo reconozco. Unos cien cubatas. Pero hace un rato, cuando me despedía de ella, y sin asomo de alcohol en mis venas, mis ojos me seguían susurrando exactamente lo mismo.